TRIBUNA
El progreso, las modas y la vida actual tienen la culpa
Y POSIBLEMENTE la tengan. Pero, ¿de qué? Tienen la culpa de que el comportamiento de muchos individuos que en su vida anterior no habían hecho ninguna locura cuando llegaron los tiempos de permisión en casi todos los aspectos del convivir humano, o han sabido aprovechar esta libertad para su beneficio particular, familiar y social, escogiendo aquello que mejor le viniera a su modo de obrar en la vida, sin faltar a su conciencia ni a la de los demás. No es que la democracia tenga la culpa. Creo que lo mejor que tiene España al abordar el siglo XXI, es precisamente tener libertad de expresión cada ciudadano; poder elegir la religión que uno prefiera o... ser agnóstico, tener la condición sexual que le venga bien a su naturaleza sin soportar risitas ajenas; tener... o no tener las ideas políticas que prefiera y encontrar amparo en las instituciones estatales, como la seguridad social, los sindicatos laborales o las juntas autonómicas cuando sea necesario. Lástima que todavía no se haya podido acabar con el terrorismo de ETA, aunque se le ve cada vez más debilitado a ver si logramos que desaparezca para siempre como parece que ha pasado con el Grapo. Sin embargo debemos tener en cuenta que los que nacimos hace varias décadas, hemos conocido otro sistema de vida muy distinto al actual. Eso puede tener dos consecuencias a seguir por según que clase de ciudadanos, unos, acostumbrados a la represión que ejercieron sobre ellos la dictadura franquista y la iglesia del Padre Astete, el Padre Mariana o Fray Justo Pérez de Urbel, prefieren seguir viviendo de esa manera y se escandalizan de las libertades conseguidas, viendo en ellas sólo libertinaje. Otros, confunden el cambio, con una forma satisfactoria de hacer con su vida lo que les de la gana, aprovechando en exceso de su libertad. A estos últimos me voy a referir, aunque el anquilosamiento de los primeros me deprime tanto o más. En el mundo siempre ha habido de todo, lo que ocurre es que no es lo mismo obrar con libertad, sin prejuicios, ni temor a críticas ajenas que ser un irresponsable que usa la libertad para llevar una vida de vicios desorbitados que pueden llegar a hacerle delinquir. Siempre hubo gente descontenta con su sexo, pero tenía que conformarse con buscar escarceos amorosos a escondidas, pues se consideraba la homosexualidad muy mal a nivel social. Nadie se atrevía a decir públicamente que era travesti, lesbiana o «mariquita», o que les gustaría cambiar de sexo, porque fácilmente saldría corriendo entre abucheos y alguna pedrada. Los ludópatas también existieron siempre, pero al igual que los homosexuales, tenían que jugar su dinero a escondidas en «timbas» organizadas por tahures de baja estima: corros de chapas (permitidos en Semana Santa) bacarrá, partidas de pocker, gillet, etc., sólo había permiso en los casinos, pero allí sólo iban los aristócratas y burgueses adinerados que a veces dejaban allá su fortuna. Ahora con la democracia, hay libertad para el juego regulado. Así, el estado ha autorizado, además de la lotería nacional, las quinielas, y los cupones de la «Once» (que ya existían), la «Primitiva», el «Bonoloto», la quiniela hípica, el bingo, las máquinas tragaperras, etc. que son una fuente de ingresos enorme para las arcas del estado, pero que muchos españoles que no saben controlarse acaban desembocando en la miseria llegando incluso a tener conflictos familiares y sociales graves. Otras personas habían vivido una vida sacrificada, pero feliz a su manera, sin preocuparse por ideas políticas, que si las habían tenido estaban aletargadas y acataban con resignación todo lo que el «Glorioso Movimiento» les ordenaba. Ahora, muchos de ellos, han buscado en la política un revulsivo a su antiguo vivir y luchan a brazo partido por un escaño en el parlamento, una concejalía en su municipio o un puesto importante en su partido político, que a veces es cambiante, según sus intereses personales. La educación se ha deteriorado como consecuencia de que los padres protegen demasiado a sus hijos, y creen que siempre tienen razón. Así, cuando en los colegios hay violencia, acoso escolar, consumo de drogas, indisciplina, absentismo, etcétera, siempre se le echa la culpa al profesorado, que ya no tiene la autoridad que tenía, porque no puede reprender ni castigar a los escolares, que cuando llegan a adolescentes, se convierten en fierecillas muy difíciles de educar. Yo he ejercido el magisterio, durante toda mi vida profesional, y viví ya un lento descenso de nuestra autoridad educativa cuando a mis 25 años empecé a dar escuela en diversos pueblecitos de la geografía leonesa, cuando salía de paseo (también es verdad que los maestros viajábamos menos y vivíamos en los pueblos donde ejercíamos, siendo un vecino más) los ancianos se quitaban la boina de la cabeza para saludarme al pasar, lo que me ruborizaba, pues pensaba que era yo el que les debía más respeto por su edad. Al llegar a la jubilación, si bien creo que nadie faltó a mi dignidad profesional, tampoco se hacían ya homenajes ni felicitaciones de ningún tipo el día de nuestro patrón san José de Calasanz. Y... cuidado, no hicieras el mínimo menosprecio a algún alumno rebelde, pues tenías encima a la Asociación de padres que se ocupaban enseguida de tratar de que expedientaran al profesor, antes de procurar estudiar el problema que había con sus hijos. Por eso digo que la democracia es el sistema mejor que existe para que los ciudadanos podamos vivir en libertad, pero tenemos que saber hacer uso de ella. Hay que ser comprensible con algunos defectillos de la gente, pues nadie es perfecto, pero las autoridades judiciales del país deben tener mano dura con los: traficantes de droga, terroristas, pederastas, violadores, maltratadores, proxenetas, corruptores políticos, abortistas incontrolados, cirujanos «rasgatetas», obispos lascivos, redentores, «meapilas», «trepas», a base de cambiar de chaqueta, alcaldías urbanizadoras de suelos que no lo son, organizadores de «botellones» universitarios o macroconciertos de abundante droga, usureros bancarios, pero sobre todo «prometedores políticos», que no cumplen nunca sus promesas. Si erradicamos esos males, podemos decir que estamos en el buen camino.