Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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UNA BALLENA agonizó en una playa de Marbella. Fueron inútiles los intentos de salvarla. Es una imagen muy recurrente para una columna, pero se me ocurren tantas asociaciones de ideas que prefiero desechar la. Además, un cetáceo es un tema demasiado grande. No entra. La ballena malaya, la ballena alegre y la ballena triste (Aguirre y Gallardón), la cayuco, la muerta e inamovible (dejo los nombres a la voluntad del lector), la ballena de la intolerancia, la de la demagogia, la ballena náufraga, la de la ingratitud, la de la telebasura¿ imposible escribir aquí sobre un ser tan inmenso en metáforas. No es necesario un mar de líneas, pero sí algo más que las aguas subterráneas de una columna, donde la primera palabra y la última están unidas por un hilillo conductor del tamaño de un salmonete. Habría sido interesante informar sobre qué o quién habrá irrumpido del interior del cetáceo, si Jonás, el capitán Ahab, la Legio VI, la cítara de Homero, la partida de nacimiento de Georgie Dann¿el vientre de estos cíclopes es almacén de objetos perdidos, caben desde maremotos a estrellas de mar, el babor y el estribor de la condición humana, la cartografía de Camelot, la tumba de don Quijote, el grito de Munch, y hasta aquella novia de la que no volviste a saber nada. En sus laberintos de carne puedes hasta hallarte a ti mismo antes de haberte convertido en quien hoy crees ser. Lástima que en este islote de papel no quepa ni siquiera la necrológica de tal mamífero acuático. En efecto, su agonía en una playa, su muerte inevitable, la compasión de los lugareños, su transporte faraónico hasta el vertedero, qué duda cabe, hubieran merecido escribir sobre ello. Otra vez será. Tema imposible. Merece una epopeya. Y uno hace columnas, no milagros.

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