TRIBUNA
Listas abiertas
Nos aproximamos a una nueva convocatoria electoral. El 9 de marzo tocan elecciones generales. De acuerdo con nuestra Constitución y con la Ley Orgánica del Régimen Electoral General (LOREG), los españoles vamos a ser convocados a las urnas para elegir 350 Diputados y 259 Senadores, es decir 609 parlamentarios que representarán durante cuatro años a la soberanía nacional. Los partidos políticos se afanan desde hace semanas, en la confección de los programas y elaboración de las candidaturas que presentarán a los ciudadanos en estos próximos comicios. A mi juicio, al de un sinfín de analistas y estudiosos y yo creo que al de multitud de ciudadanos, nuestro actual sistema electoral, fundamentalmente el que rige para el Congreso de los Diputados, que sería una injusticia no reconocer que ha funcionado durante casi 30 años, adolece de algunos fallos, que así mismo sería una ceguera no reconocer que deberían ser subsanados, con el objetivo de dotarnos de una mayor calidad democrática. Estos fallos, y siempre según mi opinión, serían: la circunscripción provincial, la adjudicación de un número mínimo de escaños por Provincia y el sistema de listas cerradas y bloqueadas. Hoy hablaremos de las listas abiertas y de las listas cerradas. Estas últimas, son las que tenemos en España, listas, donde el orden de los candidatos es determinado por los partidos políticos y el votante no puede alterar ese orden, ni expresar sus preferencias por alguno de ellos, lo que supone que en buena medida la elección queda en manos de quien elabora las listas, es decir del partido político, lo que supone además, que el elegido se sienta más vinculado a su partido que a su electorado, lo que otorga a la formación política una enorme fuerza sobre el diputado elegido. Por el contrario, el sistema electoral de listas abiertas, es aquel por el cual, el votante, tiene una mayor capacidad decisoria, a la hora de elegir entre los candidatos presentados. Existen numerosas modalidades del sistema de listas abiertas, en algunos de ellos el votante cuenta con la posibilidad de votar por un partido y por su candidato preferido dentro de la lista, aún cuando puede no pronunciarse por nadie y dejar esta elección al partido, sistema que se aplica en Suecia. En otros sistemas como el finlandés solamente se puede votar a candidatos individuales. En el suizo y en el luxemburgués, es obligatorio votar a tantos candidatos como escaños corresponden al distrito electoral, siendo posible votar candidatos de distintos partidos o dar varios votos a un candidato. En España elegimos a los senadores en teóricas listas abiertas. A los defensores del sistema de listas abiertas, nos parece que es un sistema que alivia en gran medida la estricta disciplina de voto hoy imperante; otorga posibilidades a candidatos independientes y dignifica al Parlamento, amén de mejorar la representación, ya que el candidato elegido debe cuidar, mucho más que con el actual sistema, a sus electores, puesto que el votante adquiere una importancia que ahora no tiene y puede ver en el día a día quienes son eficaces, quienes cumplen con sus compromisos y obligaciones y quienes no, evitando así, la actual frustración existente entre muchos ciudadanos, que una vez terminadas las elecciones pasan de votantes a espectadores y ven como repiten, legislatura tras legislatura los mismos personajes, sólo por el hecho de estar bien situados en las cúpulas de los partidos o por otras influencias aún menos confesables. Mi compañero Fernando de Arvizu, los definiría como «vacas sagradas». El votante, exige cada vez más, que no se le imponga un representante que él no ha elegido y poder seguir su gestión, saber qué es lo que hace y no hace en nombre de quien le ha votado y poder comunicarse con él y recibir información de su actuación. Pienso que esta falta de relación efectiva, entre electores y Diputados es una grave deficiencia de nuestra democracia que proviene del sistema de listas cerradas. Deberíamos copiar del sistema inglés, con la elección directa del representante de cada distrito, basado en la confianza, «doy mi voto a aquel candidato que merece mi confianza». Parece evidente que si el ciudadano sabe que cada vez que vote, su voto ha de ser tenido muy en cuenta por el candidato, se superará la actual distancia hoy existente entre ambos y el elector se sentirá mucho más motivado a votar. Que nadie se equivoque. Abrir las listas, es una aspiración de la ciudadanía que se repite cada periodo electoral. El sistema electoral vigente de listas cerradas y bloqueadas, no responde ya a las aspiraciones de un electorado maduro y responsable que exige un mayor protagonismo y capacidad a la hora de elegir a sus representantes. El problema puede radicar en los partidos, que se resisten a un cambio, que al reducir la distancia entre representantes y representados disminuiría su función mediadora. Esperemos que más pronto que tarde, se convenzan de que su futuro democrático está en aceptar la renovación del sistema electoral, que nuestra democracia representativa es imperfecta y de que las cosas puedan ser de otra manera, conscientes de que es necesario avanzar en nuevas fórmulas que garanticen el equilibrio, entre el necesario control de los partidos políticos en la confección de las candidaturas y la libertad del ciudadano para votar directamente a sus representantes.