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Ecos de Semana Santa
NO DEJA de ser curioso, como dice un amigo mío, que en la etapa más anticlerical y laica de la historia de España la Semana Santa llegue a su máximo esplendor. Claro que ahora la Semana Santa no son unas cuantas procesiones y actos religiosos en las iglesias, o no son sólo eso. Ahora la Semana de Pasión es precisamente la época de mayor reactivación económica de la hostelería de capital y provincia, aunque al sector le gustaría que fuese un mes santo, como poco, para tener llenos los hoteles más tiempo y los restaurantes y bares con un sin cesar de clientes que estresan pero dejan la bolsa repleta. Después de un bum procesional hace media docena de años, parece que las aguas ya se han remansado y ahora cada cofradía sólo aspira a aumentar hermanos, restaurar pasos y poco más. Dada cantidad de gente que mueven las procesiones (tanto papones como espectadores) había de darles todas las facilidades. O eso opinan dos leonesas que viven en Madrid pero a las que gusta volver a su tierra por estas fechas y no entienden las trabas que deben sortear algunos pasos en sus recorridos. «La procesión del Desenclavo por Cardenal Landázuri es increíble. Los cables que atraviesan la calle estorban a los pasos y, aunque se baja el trono casi al suelo, un papón tiene que subirse a la escalera que va en el paso junto a la cruz ya desenclavada para desde allí, con una pértiga, subir los cables y poder pasar con el esfuerzo y peligro que supone. -me decían- Sólo con que subieran los cables un metro ya no habría ese problema. Pero además había un bolardo que sobresalía y tenían que irse avisando unos a otros para no tropezar. Como si no tuvieran bastante con pujar el paso». Pues dicho queda y vale para todos los recorridos.