Diario de León
Publicado por
VICENTE PUEYO
León

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«... SÓLO el poeta puede mirar lo que está lejos», dejó bien dicho Antonio Machado. Ayer, el poeta argentino Juan Gelman, miró también muy lejos en su discurso tras recibir el Premio Cervantes. Caminando de la mano de Cervantes, de San Juan de la Cruz, de Santa Teresa, de Mallarmé, o de Hölderin, al final de su discurso se divisaba la Argentina de su dichas y de sus desdichas. Lo vivido ayer en Alcalá de Henares fue un hermoso acto de cultura pero, sobre todo, una expresión de honda rebelión. «Moder la piedra, es la tarea del poeta, hasta que sangren las encías de la noche» ha escrito Gelman y ayer mordió la piedra con valentía pero también con esa insuperable precisión y elegancia de lenguaje de los argentinos que conservan en su prodigiosa caja de música las cadencias más preciosas y entrañables de la lengua española. Se dispararon ayer misiles contra la muerte y el olvido y Gelman, artillero de la más certera palabra, dejó claro que hay muchas heridas que no están cerradas y que su único tratamiento «es la verdad; y luego la justicia». Si alguien no tenía claro para qué sirve un poeta, ayer pudo entenderlo al contemplar la entereza de alguien que, después de sufrir muy directamente el espanto de la dictadura argentina, conserva esa rara dignidad de los hombres que nunca ya serán vencidos: «Un pájaro vivía en mí./ Una flor viajaba en mi sangre./ Mi corazón era un violín./ Quise o no quise. Pero a veces/ me quisieron. También a mí/ me alegraban: la primavera,/ las manos juntas, lo feliz./ ¡Digo que el hombre debe serlo!/ Aquí yace un pájaro./ Una flor./ Un violín».(Epitafio). Fue el de Gelman un discurso político en el sentido más profundo y cabal de la palabra. Métanse en internet, es muy fácil encontrarlo íntegro. Es reconfortante leerlo despacio; cinco folios que con cinco gemas; ni una palabra está de más. Algo prodigioso en este tiempo de palabrerías vanas cuando no perfectamente ininteligibles; igual que la engreída época que nos ha tocado vivir en la que, como recordó Gelman, cada tres segundos y medio muere un niño menor de cinco años de enfernedad, de hambre, de pobreza. «...Hoy nadie te conoce, amigo mío; en estos tiempos nuevos/ muchos se han apartado del encanto tranquilo de la Hélade,/ sin oraciones y sin dioses/ prosaicamente el pueblo camina sobre el polvo». Son palabras de la Oda a Hölderin de Herman Hesse; palabras con las que, sin duda, se enhebra el pensamiento del nuevo Premio Cervantes, un hombre lacerado pero que no ha arriado la bandera de la esperanza en el hombre. Últimamente se edita bastante pero se lee muy poca poesía, es cierto. Posiblemente en la escuela no se insiste lo suficiente en este aspecto o no se sabe mover y conmover los inquietos espíritus de los más jóvenes, haciéndoles ver que hay, como dijo Celaya, «poesía necesaria como el pan de cada día». Quizá, acosada como está hoy por esas nuevas tecnologías que engullen nuestro tiempo con naderías, la poesía, los verdaderos poetas (que en realidad no son tantos), se recluyen y defienden en silenciosos baluartes. Pero, a veces, como ayer Gelman, salen al campo, arman la lanza y la emplean audaces, con donaire, como don Quijote, contra la vileza y la cobardía.

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