Diario de León
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CARLOS ANTONIO BOUZA POL
León

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MAGNÍFICO en verdad nuestro Jorge Juan, hombre de mar, humanista, científico que, mientras fue director del Real Seminario de Nobles, promovió entre los niños la lectura de la «Expedición de Moncada» para influir positivamente en sus tiernos corazones con las grandes proezas heroicas de aragoneses y catalanes, escritas en un idioma claro, limpio, fluido, armonioso, inigualable: el castellano. Es necesario volver siempre a los clásicos, no abandonarlos nunca. En ellos está lo mejor de la literatura, que es la maravilla del pensamiento creativo, de la inteligencia sentimental y afectiva. No hacen falta muchos miles de libros, con unos cuantos cientos escogidos es suficiente para tener noticia cabal del devenir de España y de sus gentes. El Quijote, por ejemplo, es el libro primoroso, divertido y delicado, en cuyas páginas pervivirá siempre el mejor curso de moralidad para la buena «educación de la ciudadanía». Me sorprenden, a veces, escritores y poetas que no han dedicado siquiera unos pocos días al estudio de la Poética del zaragozano don Ignacio de Luzán; ni al Examen de la posibilidad de fixar la significación de los sinónimos de la lengua castellana de don Joseph López de la Huerta; ni han leído, con deleite, las poesías de Juan Meléndez Valdés, escritas en un espléndido castellano, riquísimo y generoso. Sí, el castellano. El castellano siempre. Con sus vocablos grandiosos y entonados; con su ritmo, su brío, su armonía; con sus floridos realces y alegrías: tiene que campear en son de paz por toda España. No hay otro idioma capaz de igualar la riqueza expresiva y los matices de sus versátiles aumentativos, diminutivos, y despreciativos. Adoremos, pues, a nuestro castellano, amalgama preciosa de las tierras y los hombres de España; santo grial de los Reyes de León y de Aragón que supieron hacer la patria. Estudiemos el castellano con ahínco y esmero, que es música con un sinfín de tonos. Gocémonos en sus altos vuelos, en sus caídas libres y deliciosas; empapémonos ufanamente en sus opulencias, ¡poetas que vais por ahí reclamando sitio en las antologías, sabed que tenéis una deuda de amor y fidelidad perpetua con el castellano! No hay nada igual. Es asombrosa su inmensidad, su impresionante cifra de vocablos y tonos que, atendiendo bien a la variación de casos en los sustantivos, y de tiempos y personas en los verbos, puede sobrepasar la suma portentosa, casi increíble, de un millón de voces. Y ninguna está de más, ninguna sobra¿ ¡Qué maravilla! Tenemos el idioma más dúctil, más fino, más solemne, más exquisito, más sublime, más fuerte, más poderoso. Vale para el goce y el disfrute; para el dolor, el luto, la compasión, la ternura. Nada se le escapa, todo lo puede: se explica bien en la tragedia, en el drama, en la comedia. Prosa, poesía, folletín, lírica, épica, sátira, oratoria, ¿quién se le resiste? Tú, idioma castellano, eres el camino y la cabalgadura; el pan y el vino de mencía; el alimento y la esperanza de nuestros sueños, de nuestras fantasías. Ninguno como tú nos puede llevar tan lejos, ni acercarnos más, ni separarnos tanto. Así es el castellano, maravilla legendaria, solar fecundo, mar dilatado, cielo infinito que nos llama y explica con un millón de voces que intentamos comprender en toda su inmensidad. En la Escuela de Música de Villafranca de El Bierzo, preguntan a un niño qué instrumento quiere tocar y, él, sin vacilar, en su santa inocencia, contesta: «la piedra, quiero tocar la piedra». El profesor vacila y, extrañado, le pregunta: «¿Qué piedra¿?» «La piedra de toque», contesta con toda naturalidad el futuro genio de la música. ¿No es genial? Genial y asombroso me parece, porque si miramos en el Diccionario de Autoridades la palabra «piedra», quedaremos fascinados del juego tan largo y hermoso que un solo vocablo puede dar¿, y, en castellano, hay miles así. ¿Quién ha leído Apología de los palos de Bartolomé José Gallardo y no ha disfrutado con la chanzoneta más peregrina y genial que se compuso jamás en ningún idioma, siendo un dechado de castizo y elegante castellano? Amemos, pues, el castellano. Amemos también a los sabios que lo emplean para el bien de la humanidad. Disculpemos su egocentrismo, sus ansias de gloria, sus faltas de humildad. ¡No les tachemos nunca jamás de prepotentes! «¿Vosotros que opináis?», preguntó, con cierta condescendencia, el poderoso mandamás. Y todos, al unísono, contestaron: «meeeee¿». Mas, a pesar de todo, el pueblo español, aun en su ignorancia y pobreza, nunca fue inculto, ni careció de genio, de talento imaginativo y creador. Había en Madrid, hacia 1840, una Junta de Comercio y Moneda, y la sabiduría popular pronto la caló, y empezó a llamarla: «La Junta de lo que no hay». En nuestra heroica e impresionante Guerra de Independencia contra el Napoleón francés, a la Junta Suprema Central, como estaba formada por «patriotas desconocidos», pronto empezaron a llamarla «Tabla de logaritmos», ¡por los muchos ceros, vaya! ¿Cabe, acaso, mayor agudeza y fino ingenio popular? Estudiemos con amor el castellano. Leamos libros de autores españoles. Acerquémonos a ellos con espíritu crítico, pero con respeto y humildad. Pensemos, amigos míos, que, en literatura, (como en cualquier otra cosa) siempre habrá alguien mejor que nosotros. ¡Alegrémonos, y sigamos escribiendo, si puede ser, en castellano! Mejor en castellano, por favor.

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