Diario de León

CON VIENTO FRESCO

La derecha claudicante

Publicado por
JOSÉ A. BALBOA DE PAZ
León

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EN EL pasado fue corriente hablar de las derechas y la izquierda. Las derechas eran muchas, quizá porque estaban desunidas por personalismos aunque a veces, por miedo, formaron confederaciones, como durante la República. La izquierda en el imaginario colectivo, el Frente Popular, aparecía como una, aunque sabemos que históricamente había habido muchas. Gustavo Bueno las divide en definidas e indefinidas. En las primeras, definidas políticamente en torno al papel del Estado, pueden distinguirse varias generaciones desde la revolución francesa: la izquierda radical jacobina, la liberal, la libertaria o anarquista, la socialista, la comunista y la izquierda maoísta; las indefinidas, por su parte, son la extravagante y la divagante, éstas no actúan sobre plataformas políticas reales sino sobre planteamientos utópicos o argumentos éticos; juntas forman la izquierda fundamentalista que es hoy la que domina en España. Las izquierdas se enorgullecen de su nombre y su pasado, incluso del antidemocrático; en esto se contraponen a las derechas que, con excepciones, abominan del nombre y reniegan de la historia. Sus partidos, por ejemplo el PP, buscan con angustia el centro político, pues así no tienen que definirse ideológicamente, cosa que les resultaría difícil de hacer al abandonar la historia y a sus ideólogos más conspicuos. Hay corrientes conservadoras, liberales, cristianas, socialdemócratas, fascistas; pero huyen de nombrarse como derechas; más que el centro son la no-izquierda. Quizá la única excepción sea la que en Francia llaman la Nueva Derecha, cuyos principales teóricos, Alain de Benoist y Charles Champetier, anatemizados por sus adversarios, defienden en el Manifiesto del año 2000 una derecha más extravagante que fascista, con rasgos xenóbofos, anticapitalistas y anticomunistas, y neopaganos. El PP, cuyo congreso terminó ayer en Valencia, parece haber superado el problema de la división interna personalista, al lograr Rajoy unir a los barones del partido en torno a su persona, dándoles más poder. Es decir, ha debilitado el partido en favor de los caciquismos regionales y locales, como antes ocurriera en el PSOE, con lo que hace más endeble aún la vertebración de España. Parece más dudoso que el PP haya solucionado el problema de su indefinición ideológica, pues ese viaje al centro político, exigencia pragmática para ganar las próximas elecciones, supone una claudicación ante el discurso de la izquierda y los nacionalismos periféricos. Por eso se ha sacrificado a María San Gil. El discurso progre antiespañolista da votos y a ellos se supedita cualquier otra consideración. La derecha ha sido incapaz de actualizar su ideario, renuncia a su historia y claudica, con mudo asentimiento, ante la revisión que la izquierda hace de estos últimos setenta años, a los que una pléyade de escritores de izquierda demoniza sin el menor pudor y rigor científico. Dejarse arrebatar el discurso de la historia es abandonar principios y valores que han sido tradicionales en la derecha, hasta tal punto de renunciar a su propio lenguaje (nación, familia, matrimonio), adoptando una posición subordinada respecto a las ideas-fuerza de la izquierda. Se avergüenza de defender sus posiciones liberal-conservadoras, su españolismo, e incluso sus creencias religiosas cristianas, que oculta en una privacidad incompatible con una religión que puede y debe informar su programa político, aunque no exclusivamente. Olvida que perder la batalla de las ideas es el primer paso para perder el poder.

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