Diario de León
Publicado por
ANTONIO PAPELL
León

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EN APENAS dos generaciones España ha pasado del ostracismo y la oscuridad a un pletórico bienestar que es fruto de una espectacular modernización que nos ha integrado plenamente en Europa -con un nivel de vida que está entre el francés y el italiano, nada menos- y ha hecho de nosotros el paradigma de la audacia reformista, de la agresividad económica, del progresismo social. En otro orden de ideas más subjetivo, la victoria española, seguida multitudinariamente con verdadero interés y hasta con indisimulada pasión, ha despertado sutilmente un sentimiento de pertenencia que parecía dormido, arrasado quizá por la vehemencia de un sospechoso nacionalismo españolista que nos retrotraía a viejas y enterradas querellas. La adhesión a la selección deportiva formada por muchachos de prácticamente todas las comunidades autónomas (aunque evidentemente sin cupos: todos fueron elegidos por sus aptitudes exclusivamente) ha consolidado un engrudo espontáneo que ningún político hubiera podido soñar en su laboratorio. La realidad española, con independencia de los artificios estructurales de índole política, ha vibrado con este equipo que se ha demostrado capaz de representar orgullosa y eficazmente el anhelo deportivo de un país que ha hecho del fútbol su evasión y su referente territorial. Si se araña bajo la superficie de las muchedumbres que se dieron cita tanto en los estadios como en los lugares habituales de celebración de las ciudades españolas -incluida la barcelonesa Fuente de Canaletas-, se advertirá que las banderas tremolaban con un simple afán identificativo, con el mensaje de la adhesión ritual al alborozo, sin la menor intención excluyente o agresiva. No había en las calles provocación frente al otro sino reconocimiento propio en la celebración colectiva. Los símbolos, en fin, no han servido esta vez para erigir murallas de aislamiento ni compartimentar territorios, sino para vincular, para expresar la participación en el alarde gozoso, en la marea común de expresividad festiva. El reflejo material de este sentimiento de pertenencia mana frecuentemente cuando surge por alguna razón el orgullo por alguna realización colectiva. La penúltima vez que me reconcilié con el pasaporte, como dijo en afortunada frase Felipe González, fue al pisar la T-4 de Barajas. Me sentí orgulloso de pertenecer a un país que había construido aquella portentosa obra para albergar un servicio público La última, al ganar la Eurocopa: es estimulante formar parte de esta sociedad que descolla. Y no sólo en el fútbol, evidentemente.

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