FRONTERIZOS
Viejos roqueros
LOS VIEJOS roqueros, ya se sabe, nunca mueren. Pero, ¡hay que ver la lata que dan en vida! El estallido del rock fue un grito de rebelde felicidad de los bien alimentados jóvenes occidentales de los 50 y 60, sostenido sobre un caldo de cultivo de ritmos fusionados y avances tecnológicos, y asumido mayoritariamente por una nueva generación que ya había olvidado el drama de la Segunda Guerra Mundial y necesitaba, como el abuelo Freud había dejado escrito, distanciarse de sus padres. Aquel fenómeno generó un enorme y uniformado mercado global que ha cumplido ya el medio siglo y que se auto alimenta con la nostalgia para hacer frente a la cada vez más evidente falta de creatividad de la industria musical pop. En este contexto han crecido estrellas que son en sí mismas máquinas de hacer dinero a escala planetaria, cuyos lanzamientos y caprichos son capaces de hacer estremecer las bolsas. Estrellas que la afortunada mercadotecnia nos ha convencido de que nunca mueren, aunque sí envejecen, rebañando el plato con discos recopilatorios y giras mega gigantes que siempre son la última. Este país nuestro, tan dado a la exageración, se ha convertido en un mercado que devora con ansia de nuevo rico este tipo de productos sin mirar la factura, avalada en el último cuarto de siglo por las diferentes administraciones, que apuestan por este circo como método promocional, compitiendo entre sí para ofrecer un cartel más galáctico que el del vecino, como en la historia de la estatua de Villatripas en la divertida canción de Javier Krahe. Y los abuelos del rock, que tienen ya más de abuelos que de roqueros, campean a sus anchas por este prado feliz, del que desaparecen cuando les da la gana, dejando a un público fiel y sufrido con dos palmos de narices, como pudieron comprobar hace unos días los seguidores de Chuck Berry en Carracedo.