Diario de León
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PEDRO BAÑOS BAJO
León

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LA ALARGADA cola de la bestia terrorista ha vuelto a destrozar vidas en alejadas partes del mundo. Los extremistas musulmanes entroncados con Al Qaeda no veranean. Al contrario, aprovechan estas fechas de solaz occidental para procurar hacer el mayor daño posible. El relax veraniega de los miembros de las organizaciones patrocinadas por Ben Laden son los ataques con bombas y kalashnikov, y si encima son suicidas, mayor satisfacción. En las últimas horas, tres acciones cometidas por los islámicos más extremistas han resucitado el horror del terrorismo. Pero las consecuencias geoestratégicas pueden ser incluso peores que las decenas de víctimas provocadas. La convulsión política en Francia es esperable. Políticamente, hacía tiempo que estaban preparados los féretros para sus 10 paracaidistas fallecidos en combate contra los talibanes, en una acción similar a las tantas veces padecidas por los soviéticos. Tras la Cumbre de abril en Bucarest, París había reaccionado con prontitud a la solicitud de la Otan, instigada por Estados Unidos, y no había dudado en enviar 700 soldados más a Afganistán. Su misión, controlar un acceso estratégico a Kabul, pero que también disputan los talibanes. Ahora, el coste político para Sarkozy puede ser enorme. Decía Clausewitz que para que una operación militar tuviera éxito, el pueblo, el ejército y el gobierno debían estar de acuerdo antes de lanzarla. Sin embargo, en mayo pasado, el 72% de los franceses se oponía a este refuerzo y los estrategas militares más reputados daban por inútil ampliar el esfuerzo en una guerra que cualquier experto da por perdida. La mayoría de los políticos, y no sólo la oposición, consideraban desafortunado perder medio siglo de independencia militar haciéndole el juego a Estados Unidos, por más que las contraofertas fueran tentadoras, como participar en la reconstrucción de Irak y de su petróleo. Francia ya participaba con 1.000 soldados en la misión de la Otan (ISAF) y otros 1.400 en la coalición liderada por Estados Unidos (Operación Libertad Duradera), y eso parecía más que suficiente. Incluso a pesar de que la mayoría de sus soldados se localizaban en Kabul, ya se habían producido otras 14 bajas. Pocos franceses pensaban que hicieran falta más, en un conflicto que en los últimos ocho meses ya ha costado 174 soldados extranjeros muertos. Demasiados para una operación denominada como de paz. Y encima a los talibanes no parecen impresionarles los 71.000 miembros de dos fuerzas multinacionales ni los 140.000 militares y policías afganos. Mucho menos cuando estaban en plena ofensiva que desluciese los actos por el Día de la Independencia de Afganistán, el pasado 18 de agosto. En Pakistán, los sunníes próximos a Al Qaeda han celebrado a su manera, matando, la caída de Musharraf. Los esfuerzos de este líder controvertido por controlar, con ayuda de Estados Unidos a los extremistas musulmanes, especialmente en la problemática frontera con Afganistán, eran la espina clavada de los terroristas. En los casi nueve años de poder, había detenido a 600 islamistas y alguno de sus principales líderes. Lo que le costó sufrir dos intentos de atentados, con el sello de Ben Laden. Ante un futuro incierto, a falta de elegir nuevo presidente, los terroristas se sienten fuertes tras su reorganización facilitada por la política dubitativa de los pasados 18 meses de crisis. Su sueño sería hacerse con el mando del único país musulmán con armas nucleares. Para Occidente, una verdadera pesadilla. Las dudas son enormes sobre la capacidad del gabinete entrante de seguir con la lucha antiterrorista. No pocos preferirían el mal menor de una nueva etapa en la que el omnímodo poder militar pakistaní siguiera garantizando el orden. De momento, decenas de miles de paquistaníes han tenido que abandonar sus hogares en las zonas fronterizas desde que el 6 de agosto pasado se agudizaran los enfrentamientos entre islamistas y el ejército. Mientras, lo previsible es que los extremistas-terroristas sigan celebrando el caos con más atentados. La Argelia de Buteflika, tras fracasar su plan de reinserción de terroristas que abandonaran las armas (Carta por la Paz y la Reconciliación), ha vuelto a ser agitada por el terror. El centenar de muertos y heridos ha despertado el horroroso recuerdo de la guerra civil de los años noventa, que dejó más de 200.000 víctimas. Los casi 1.000 terroristas del grupo llamado, desde 2006, «Al Qaeda en el Magreb Islámico», reforzados en su amplia experiencia con los nuevos reclutas marroquíes y tunecinos, se consideran verdaderos muyahidines, amparados bajo el tenebroso paraguas del León del Islam (Ben Laden). Aunque, afortunadamente, las cifras de atentados no alcanzan a las de décadas pasadas, se teme que este grupo terrorista esté ensayando para dar el salto a Europa, y atentar en Francia y España. Para combatirlos, y ante la imposibilidad de una acción común de los países magrebíes por sus pésimas relaciones, Estados Unidos ha puesto en marcha la Iniciativa Pan-Sahel y la Iniciativa Transahariana Antiterrorista, con un montante de más de 80 millones de dólares al año. Aún así, la eficacia de estas acciones está lejos de ser la deseable. De momento, lo previsible es que estos fanáticos continúen con su particular lucha contra los que llaman «esclavos de los cruzados», los miembros de las fuerzas de seguridad, en su afán inmediato de derribar al gobierno y llevar el caos en el Norte de África. A lo que se añade que todo parece indicar que el sentimiento islamista y antioccidental va calando hondo en los magrebíes, lo que es un excelente refugio para los terroristas. Inquietante situación para Europa y España, en concreto, pues su característica de suministrador de gas hace de Argel un socio vital. Sin duda, otro desafío estratégico a añadir. A este caluroso verano ya no le queda mucho, pero el otoño se avecina asfixiant.

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