Diario de León
Fernando Jáuregui

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TENGO LA SENSACIÓN de que este año hemos comenzado la cuesta de septiembre con un cierto grado de pesimismo mayor que en otras ocasiones. Las encuestas que se publican, y otras que no se publican pero de las que se tienen noticias, indican que es poco el porcentaje de españoles que piensa que lo suyo -la economía, claro- va a mejorar y, en cambio, es grande el porcentaje de quienes creen que va a empeorar y a hacerlo, además, notablemente. Ya sé que hay razones objetivas para este pesimismo preotoñal: la construcción que se hunde, el turismo que no ha dejado tanto dinero como en otras ocasiones, el precio del petróleo... Pero la economía tiene una muy importante carga subjetiva; en realidad es un estado de espíritu. El pesimismo genera más crisis, aunque no sea seguro que el optimismo la conjure. Por eso tiene importancia el ánimo colectivo a la hora de afrontar una nueva etapa. Y el ánimo, sencillamente, no es bueno precisamente. Lejos de mi intención culpar de todo cuanto ocurre al Gobierno del país; para empezar, no es precisamente el Gobierno de Rodríguez Zapatero el culpable de este desierto económico que hemos empezado a atravesar. Pero sí tiene una cierta responsabilidad en la generación de un hispanopesimismo: no han sabido insuflarnos confianza -demasiadas versiones contradictorias, demasiadas expectativas no cumplidas-. Y es precisamente confianza en el futuro lo que el consumidor y el inversor necesitan. Los españoles que regresamos desde las vacaciones a la dura realidad necesitamos un poco de ilusión, un poco más de ilusión. Y ahí sí que puede hacer algo este Gobierno nuestro y, hasta ahora, no ha sabido, no ha querido o sencillamente no ha podido hacerlo.

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