EN BLANCO
Hispanopesimismo
TENGO LA SENSACIÓN de que este año hemos comenzado la cuesta de septiembre con un cierto grado de pesimismo mayor que en otras ocasiones. Las encuestas que se publican, y otras que no se publican pero de las que se tienen noticias, indican que es poco el porcentaje de españoles que piensa que lo suyo -la economía, claro- va a mejorar y, en cambio, es grande el porcentaje de quienes creen que va a empeorar y a hacerlo, además, notablemente. Ya sé que hay razones objetivas para este pesimismo preotoñal: la construcción que se hunde, el turismo que no ha dejado tanto dinero como en otras ocasiones, el precio del petróleo... Pero la economía tiene una muy importante carga subjetiva; en realidad es un estado de espíritu. El pesimismo genera más crisis, aunque no sea seguro que el optimismo la conjure. Por eso tiene importancia el ánimo colectivo a la hora de afrontar una nueva etapa. Y el ánimo, sencillamente, no es bueno precisamente. Lejos de mi intención culpar de todo cuanto ocurre al Gobierno del país; para empezar, no es precisamente el Gobierno de Rodríguez Zapatero el culpable de este desierto económico que hemos empezado a atravesar. Pero sí tiene una cierta responsabilidad en la generación de un hispanopesimismo: no han sabido insuflarnos confianza -demasiadas versiones contradictorias, demasiadas expectativas no cumplidas-. Y es precisamente confianza en el futuro lo que el consumidor y el inversor necesitan. Los españoles que regresamos desde las vacaciones a la dura realidad necesitamos un poco de ilusión, un poco más de ilusión. Y ahí sí que puede hacer algo este Gobierno nuestro y, hasta ahora, no ha sabido, no ha querido o sencillamente no ha podido hacerlo.