TRIBUNA
Seis razones para acabar con la P.A.U.
EN LA MAYOR parte de las comunidades autónomas españolas se llevan a cabo en estos días los temidos exámenes de Selectividad, un conjunto de pruebas que, aunque ha cambiado de nombre en varias ocasiones (Pruebas de Acceso a la Universidad o PAU, Pruebas de Acceso a los Estudios Universitarios o PAEU), permanece invariado en lo sustancial desde 1984. Sobrados motivos pueden aducirse para pedir de modo urgente la supresión de la Selectividad (lo han hecho ya numerosos colectivos e instituciones), o, al menos, para demandar la sustitución de esta prueba por otra que no adolezca de tantos inconvenientes y limitaciones como aquejan a ésta. Primero. En los tiempos que corren la Selectividad ha perdido su justificación o razón de ser. En la actualidad no subsisten las circunstancias que motivaron su creación: servir de filtro de entrada a un número de alumnos muy superior al de plazas ofertadas. La disminución progresiva del alumnado que llega a la Universidad determina que cada vez sean menos los estudios universitarios con límite de plazas. Y en los casos en que sea preciso hacer una selección, ¿quiénes más indicados para llevarla a cabo que los profesores de esa facultad o centro universitario? Segundo. La Selectividad española no cumple con las pautas del Marco Común Europeo de Referencia para las lenguas, una «hoja de ruta» elaborada por el Consejo Europeo para uniformizar el estudio de los idiomas en la UE. El examen de Selectividad español no ha sido certificado de acuerdo con esas pautas, un aval que analiza seis niveles de competencia en función de varias directrices: preparación de los examinadores, validez, fiabilidad, resultados, pilotaje... Tercero. La existencia de la PAU está desvirtuando el tratamiento de los contenidos que se imparten en 2.º de Bachillerato. Dado que, a la postre, el prestigio de un centro educativo (de un profesor) encuentra en los resultados de la PAU uno de sus indicadores relevantes, el objetivo de obtener las mejores calificaciones en esa prueba lleva a no pocos docentes a desentenderse de todos aquellos contenidos que, formando parte del currículo o programa de la asignatura, no son objeto de evaluación en dicha prueba. De este modo, segundo de bachillerato pierde su entidad específica y deviene un curso propedéutico, de preparación, cuyo objeto último es la superación de la PAU y no la adquisición de conceptos, procedimientos y actitudes. Cuarto. La PAU es una prueba cara (y no sólo porque sea prácticamente superflua). Con un coste aproximado de 12.700.000 ¿ al año (resultantes de multiplicar la matrícula individual de la prueba, 63,50 ¿ , por el total de alumnos matriculados, unos 200.000 cada año), la PAU resulta más cara que la mayoría de las oposiciones y procesos selectivos que se llevan a cabo en este país. Con la importante diferencia de que estos últimos brindan la posibilidad de acceder a un puesto de trabajo. El abultado coste halla su justificación en la duración de la prueba (tres días), en el volumen del personal implicado (redactores de los ejercicios, vocales de los centros, correctores, coordinadores...) y en los gastos de elaboración de la misma (impresión de cientos de miles de hojas de exámenes y pliegos normalizados, adecuación de los centros en que se realizan los exámenes, etc.). Inclúyanse aquí también los gastos de desplazamiento y de hospedaje de los vocales que actúan como vigilantes de la prueba. Quinto. La PAU es una prueba lenta. Lenta en su ejecución (demasiadas horas se tiene ocupado al alumno para sólo seis o siete exámenes), y lenta en su calificación: aunque los correctores trabajan a contrarreloj y sin ser exonerados de sus tareas docentes para tener corregida en cinco días una cantidad respetable de exámenes (frecuentemente entre 150 y 200), lo habitual es que los estudiantes no conozcan sus calificaciones antes de ocho días, circunstancia que dificulta formular una reclamación, si se discrepa del resultado. Sexto. Pero lo más grave de todo, en mi opinión, es que, además de todo lo anterior, la PAU es una prueba poco fiable. Lo es porque el grado de dificultad de los ejercicios oscila significativamente de unos años a otros. En los últimos la tendencia que se observa es la elaboración de exámenes relativamente sencillos (bastante más fáciles que los de hace una década), con lo que el porcentaje de aprobados se ha incrementado desde entonces en más de diez puntos; pero esta tendencia general conoce bastantes excepciones. Es poco fiable también por el carácter intrínseco de la prueba, pues sus items no son objetivos. Dependiendo del corrector que la lleve a cabo, la calificación de un único examen puede variar considerablemente, incluso hasta el umbral de los dos puntos de diferencia. Es cierto que existen criterios específicos de corrección en cada ejercicio, pero esto no evita que la corrección de no pocos items sea subjetiva. De ahí que el Real Decreto que regula la prueba prevea la posibilidad de revisar las calificaciones. En concreto, es posible solicitar al Tribunal una segunda corrección e incluso una tercera, si existiese una diferencia de tres o más puntos entre las diferentes notas. Súmese a ello que no rara vez los enunciados de los ejercicios son ambiguos e incluso contienen errores que generan equivocaciones en los que tratan de resolverlos. El sentido común, como en otros tantos lugares, acabará imponiéndose y haciendo desaparecer la Selectividad que conocemos. Yo sugiero la sustitución de esta prueba por una de carácter objetivo constituida por tests: a) sería mucho más fiable que la prueba vigente, pues las calificaciones no se atendrían al carácter o rigor de los correctores; b) sería mucho más rápida, de corrección automática, informatizada (se llevaría a cabo en un único día y antes de 48 horas los alumnos podrían conocer los resultados); c) sería, al menos, un 75% más económica, pues podríamos prescindir de la mayor parte de los correctores; d) no habría lugar para segundas o terceras correcciones, reclamaciones, etc., pues éstas carecerían de sentido. Hay quienes sostienen que una prueba objetiva no es válida para la Selectividad, pues no es adecuada para medir la madurez de los alumnos, afirmación harto discutible, pues ni es cometido de la Selectividad medir la madurez, ni habrá ninguna prueba específica capaz de medirla, si es que fuese posible hacerlo. Tampoco parece claro que existan contenidos o procedimientos que no puedan ser evaluados mediante pruebas objetivas; con imaginación y rigor es posible elaborar cuestionarios que se adapten plenamente a la especificidad de cada una de las materias.