Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

Antes que Castilla leyes

Publicado por
VICTORIANO CRÉMER
León

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NO DE IMPROVISTO, sino como consecuencia de un golpe de sangre medieval a los leoneses les acometió en un momento sin duda histórico por el siglo XII o el sucesivo, y puestos a elegir personajes, además de Suero de Quiñones, empeñado en imponer el sello de su enamoramiento a cuantos caballeros pasaron por sus territorios, se impusieron reyes como Alfonso V y este Alfonso VII, que dio en Emperante o Emperador para todos los efectos. Y su dominio y reinado fue un a modo de mito para el futuro de la que fuera Capital de la proclamación de la titulatura de Emperador, título que más tarde y con mucha historia contradictoria en las páginas de libros ejemplares, heredó el otro Emperador, el de Yuste y sus relojes. Esta señal auténticamente histórica quedó inserta en las páginas sobre el Emperador escritos por Manuel Recuero Astray y recogido para el Archivo Histórico del Centro de Estudios «San Isidoro». Las biografías históricas de «nuestros» reyes ha sido repetida y pretendidamente impuesta en centros de proclamación leonesista. Como por ejemplo, en un decir, el acto de recordación histórica que los miembros municipales han montado para pasmo del vecindario. La figura del Emperador ha sido rescatada de un tiempo más bien indiferente ante sus reyes tan difícilmente ejemplares y los leoneses del año dos mil y ocho se asoman a las páginas de libros y pasquines para poner de manifiesto, no solamente la vida y milagros de un rey singular, sino para recoger los perfiles históricos para demostrar la pujanza, la capacidad y la calidad de un tiempo digno de apasionada admiración. Y esta fecha memoriable con intención didáctica, fue desarrollada precisamente en el tiempo en el que los leoneses están pasando o sufriendo el momento más lamentable de su historia, cuando en plena crisis, la vieja Capital del Reino acusa cerca de tres millones de obreros parados, con la limitada industria a punto de ser borrada de los anales y con una población hambreada que pone los ojos en sus gobernantes y el corazón en sus vírgenes y santos para salir del gravísimo atolladero al que le ha conducido tal vez, quién sabe, su torpe entendimiento de los valores históricos, que no son, que no debieran ser aquellos que ajustan sus magnificencias al esplendor de reyes medievales escasamente dignos de establecerles como signo de elevación gobernante. Bien sean o fueran los reyes «si hubiera buen señor» que decían los clásicos, y no deja de ser contradictorio que un pueblo sin pulso, agobiado y acosado por la necesidad y el estado de decadencia letal se eche a la calle con gaitas y pendones para exaltar rasgos de reinado que no fueron o que no pueden servir de ejemplo para desplegar vanidades y títulos absolutamente históricos. De pronto y respondiendo a impulsos que tal vez sirvan para ocultar y enmascarar la realidad de un tiempo, sin emperadores innecesarios cuando la necesidad abate todas las magnitudes históricas. Bien está que los pueblos recuerden sus viejas monarquías, pero no que monten los saraos que no parecen servir sino es para ocultar verdades recientes. La España medieval ha pasado. ¡Viva Pérez de Guzmán!

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