Diario de León

CON VIENTO FRESCO

El auto (de fe) de Garzón

Publicado por
JOSÉ A. BALBOA DE PAZ
León

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EL JUEZ de la Audiencia Nacional, Baltasar Garzón, pretende hacer un juicio al franquismo. No un juicio criminal -no tiene competencias para eso ni tampoco encausados, pues todos los presuntos están bajo las losas de sus sepulcros- sino simbólico. Se trata de hacer una especie de auto de fe, tan presente en el imaginario colectivo de los españoles, en el que quemar en efigie al general -perdón, dictador- Franco y a sus secuaces. Un gran auto de fe en la plaza pública, es decir en la televisión, ante millones de teleespectadores basura, con Garzón y los suyos -los corifeos que aplauden las excentricidades de un personaje megalómano enfebrecido-, haciendo de fogoneros en la pira macabra de esqueletos y peleles vestidos de militares. Todo muy español, de esa España que es incapaz de digerir su propia historia, que odia su pasado y no hace más que dar la murga en el presente con sus complejos a flor de piel. ¿Cuáles son los complejos de Baltasar? Quizá el de Edipo, es decir el de la muerte del padre. Sabemos que, como en la mayoría de las familias españolas que se precien, una de sus ramas fue franquista hasta los tuétanos; tal vez repudie esa rama y se identifique con la otra, la roja, la represaliada, suponiendo que lo haya sido. ¿O el complejo le viene, como al converso, de haber vivido cómodamente con el franquismo, estudiado con sus becas, aceptado sus prebendas? No, me imagino que le viene de la rabia de no haber sido suficientemente valiente y no haberse enfrentado, cuando aún vivían los jerifaltes, a un régimen al que odiaba tanto. Entonces, como muchos de los que ahora chillan y se desgañitan contra la dictadura, su pasividad cómplice le atormenta a toro pasado. Pero no debe acomplejarse por eso, muchos como él, como ellos, vivían en la placidez de un régimen detestado pero soportable. Tal vez Baltasar no tiene complejo alguno, simplemente quiere hacer justicia. No es suficiente con la ley de memoria histórica ni, como hace algún tiempo se decía, enterrar decentemente en tumbas conocidas a los que yacen ocultos en las cunetas. No, con eso no basta. Hay que juzgar a los asesinos que cometieron esos crímenes. ¿A todos? No, sólo a los del bando franquista que, ilegítimamente, se levantaron contra una República democrática, cuyos ideales redentores justifican cualquier acción por terrible que sea. Los otros fueron bien y justicieramente paseados ¡No vamos a comparar los muertos de uno y otro lado! ¿Acaso valen lo mismo? Unos eran trabajadores de todas clases, honrados, de ideas limpias y generosas, que buscaban, aun equivocados, un futuro de progreso; los otros eran curas y militares, la caverna, los que pretendían mantener a los españoles en la miseria y el oscurantismo. Lo más terrible de esta España en la que vivimos no es que haya jueces excéntricos y justicieros; lo desolador del panorama intelectual de nuestro país es que todavía algunos, tal vez muchos por el silencio cómplice que rodea todo esto, comulguen con argumentos como los señalados. Algunos entienden toda esta bazofia como una cortina de humo para ocultar la crisis económica que vivimos; pero me temo que no sea así. Es el alimento que algunos necesitan para mantener vivo el odio entre dos las Españas, existentes sólo en su imaginario, enfrentamiento que parece darles buenos resultados electorales. La derecha cobarde cree que callándose escampará, y quizá tenga razón. Piensa, como en el dicho, que los dioses enloquecen a los que quieren perder. Sólo es cuestión de aguantar un tiempo hasta que se acabe la murga.

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