HISTORIAS DEL REINO
Nos Calan Gaef
EN TIEMPOS lejanos, la antigua tribu amada por los dioses celebraba una fecha singular que coincidía con finales de octubre: Nos Calan Gaef. Recordaban en ella los momentos en los que sus antepasados disponían de rebaños, cosechas y eran pueblo fértil y poderoso. Decidieron invitar a otras tribus cercanas, algunas antaño enemigas, para juntas participar en una confederación nueva que alabara al cielo por sus bendiciones. Aceptaron los recién llegados la propuesta e introdujeron una nueva costumbre: el sacrificio útil a los espíritus en pago de su protección, como forma de garantizarse el manduque en las semanas venideras. Por acuerdo de la mayoría presente, éste cristalizó en la sangre de un animal sagrado, señor de la tierra, que, con su muerte, redimiría a los suyos para que nadie les tachase de aldeanos, provincianos o tacaños, pues ofrendaría su existencia en pro del bien común de los rebaños de borregos que pacían por aquí y por allá. La tradición afirma que, muerto el animal, toda la cosecha se recolectó con prisas, ya que, si algún grano quedaba para la tribu, se lo llevaría la bruja Cailleach, un hada canija de aspecto poco agraciado, a la que se conocía con otros nombres como Black Anis o Cally Berry. La poderosa señora y los suyos, a los que protegía con garra feroz, podían esas horas apañar lo que restaba y hasta permitir que el inframundo abriera sus puertas infernales para que las siete plagas y todos los demoniacos engendros campasen a sus anchas por la temerosa tierra, sólo protegida por la sangre del animal sagrado. Al descubrir el horror que se les avecinaba, las buenas gentes ahora desprotegidas rezaron a un dios olvidado, que en tiempos fue el suyo, no el impuesto por la confederación, pero nadie respondió a sus súplicas, a pesar de las hogueras encendidas en las colinas. Para entonces sus príncipes ya habían entregado el bastón de mando que un día simbolizó el pacto entre aquel dios y su pueblo. Nadie se preocupó de su futuro. Cambiaron el nombre a la fiesta, la nombraron Samhain, el día de los muertos, en su honor. Todo quedó sellado con los nuevos dioses de la confederación. Pero dejaron los reyes advenedizos un hueco vacío en la mesa, el que hubiera ocupado el príncipe de aquel pueblo sacrificado, y, como tal difunto, ahora sí digno de la poltrona reservada a los triunfadores. A sus hijos, desamparados, siguiendo la costumbre hecha ley se les atribuyó el papel de embajadores de los muertos, y se les concedió la regalía de suplicar en las puertas de cada hogar un poco de comida para los difuntos, las «tortas de almas», que devoraban famélicos y agradecidos con la confederación. Aquello, en fin, se llamaba solidaridad, fortalecía a los poderosos, e inyectaba nueva energía a los señores del inframundo. Un año más tarde, nadie acudió en representación de la vieja tribu¿ pero tampoco se la echó de menos. P.S . La autora asegura que los hechos narrados corresponden a una vieja leyenda de los pueblos celtas y en modo alguno se pueden asociar a evento político o económico actual en Castilla y León. No sean tan mal pensados.