CRÉMER CONTRA CRÉMER
La casa de empeños
ME DICE la informadora del barrio que en León, siguiendo la vía a costumbre de Economía Política, se había establecido una Casa de Préstamos. Y sin saber porqué la mayor parte de la comunidad se echó a temblar. No por otra razón que cuando aparece en escena una Casa de Empeños, o sea el ínfimo comercio de los pobres, es que la Sociedad cojea y anda buscando muletas para sostenerse en pie y cubrir el expediente, o sea aprovecharse de la mala ventura que obliga a solicitar ayuda para poder llegar el final del mes natural, naturalmente apretándose el cinturón hasta conseguir una cierta estabilidad ficticia que dura aproximadamente lo mismo que el vaho del puchero. León, aunque parezca lo contrario y se pretenda ocultar la miseria tradicional con apelaciones victoriosas, memorias históricas y sablazos virtuosos, León digo, quiero decir, es un poblado que se mantuvo incluso en sus tiempos históricos cuando los mangantes de la calle se pavoneaban como los buscones de Quevedo, asido oséase agarrado a la teta de la vaca del rico y poderoso y cuando al humilde vecino de la Villa le comenzaban a temblar las carnes. Sin saber cómo podría salir a la superficie, aparecía el prestador, el usurero, la Casa de Préstamos para trocar colchón de lana por dineros para los toros. Y la gente humilde y teatral vivía y se enamoraba y hasta contraía matrimonio, sin calcular los malos tragos que habría de pasar hasta que se le despejara el horizonte. Los usureros titulados operaban de una manera muy singular: Llegaba la hora de los apremios, la crisis vamos, y el menesteroso corría a llamar a la puerta del hombre importante, que decían que prestaba dineros para salir de apuros. Y efectivamente el poderoso, asomado a la agricultura pobre prestaba al pedigüeño todo el dinero que se le pidiera mediante documento firmado y rubricado, a plazo fijo para el correspondiente pago de la deuda contraída. Y cuando, llegaba a la fecha de la condonación de la deuda, el deudor corría a la casa del potentado para pagar los dineros obtenidos, se encontraba con la ausencia de tal y cual y el honrado agricultor o ganadero, perdía todos los derechos y se quedaba sin tierra y sin vaca. Así se repetía la faena hasta que el rico se quedaba con el pueblo y con el trigo y las lentejas y la leche... Cada barrio tenía su madre putativa que aceptaba la práctica de la usura como una obra de misericordia y no como una maniobra para quedarse con los bienes del labrantín. Para luchar contra esa práctica alevosa, infame y canallesca, un puñado de caballeros generosos inventaron la Caja de Ahorros y Monte de Piedad. Y digamos que se acabaron las prácticas ilegales cuando la necesidad impone su ley, pero la raza conserva sus mañas y ahora, en esta hora nefasta a la que estamos ligadas, comienzan a aparecer las Casas de Empeños. Y ya se puede observar la agonía mercantil de los que no consiguen cerrar el mes sin tener que recurrir a una de estas instituciones. Y no sin cierta tristeza, cantan o rezan los infelices: nuestras casas de empeños / son como nuestras madres / que con sus atenciones / nos quitan el hambre... Y viva Pérez de Guzmán!