Diario de León
Publicado por
ENRIQUE CIMAS
León

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LA VIDA, la de los humanos pulsos, es poliédrica, impredecible y apasionante. Un regalo que Dios dejó a nuestra libérrima administración, aunque ella, la vida, dentro de su mutabilidad sirva según la sirvamos y ayude si la ayudamos. Poliédrica, porque se compone de múltiples rostros; de semblantes alegres y adustos; amables y esquivos. De caracteres individuales sencillos, o complejos. Es impredecible porque ni los arúspices romanos adivinos del porvenir, reforzados por el Oráculo de Delfos y sus sibilas; ni todos los hechiceros émulos de Merlín, y los tarots de los druidas, sumados a las comadres lectoras de las rayas de la mano y parientas de Preciosa, la gitanilla cervantina; ni siquiera María, la donostiarra bruja buena de Ulía, ni juntos todos, serían capaces de desentrañar la Gran Incógnita de la Existencia. Esa que tan solo se puede despejar con sentimientos puros -como brillantes tallados por el candor-, y por la explícita razón de una amistad con Dios. La vida es, sin más, la historia del compromiso contraído con uno mismo y con los demás caminantes de la rosa de los vientos. Al hilo de estas consideraciones, qué magnífico el humano símbolo plasmado por Leonardo da Vinci con su Hombre de Vitruvio dentro de una rueda que no se detendrá hasta que el Destino lo disponga. He ahí el hombre de la fuerza y la imaginación hecho con sangre de la tierra madre... Existe, no obstante, otro signo definitivo; irreemplazable como norte y guía para que la Humanidad pueda marchar (sin abandonar sus compromisos con el mundo) por las sendas del espíritu, volviendo siempre el rostro hacia el prójimo sufriente. No es otro -ese signo- que la Cruz de Cristo¿ Y la vida es, por último, apasionante; por ser hermosa y agridulce. Promisoria e insinuante. Aunque en muchas ocasiones decepcione. Metafóricamente expresado, nos encandila el sábado con la adquisición del boleto de «la millonaria», y el lunes nos estampana contra la evidencia de la lista de premios, leída bajo la luz del neón y la opacidad del desencanto. Vamos -un poco- a ras de suelo con el palo y la zanahoria tras no se sabe bien que ensueño dorado. Pero sería injusto no considerar que, a la vez, esa misma vida nos brinda la compensación de gente que te sale al paso con las manos abiertas, y una sonrisa. Así, Concha, lo hemos entendido nosotros; entregando más vida a la vida que nos circundaba. Una existencia, la nuestra, compactada de ilusiones, realidades y, claro es, contrariedades. Trabajando afanosamente (como tantos otros; pero en concretas circunstancias ¡qué duro lo que nos correspondió!). Lo mejor de todo, las diez perlas que iluminaron nuestra aureola de progenitores. Una de las cuales, perdida a la postre, cerraba el círculo maravilloso de los hijos. Acertadamente, mujer, definiste a Ignacio como una radio-estación que solo podía recibir y no transmitir. Y yo escribí versos de mi entraña: «Noche oscura del alma, ¡ya lo creo!/ Quise en tu partida marchar contigo/ porque un techo de plomo se cernía/ sobre tu rota arquitectura de hombre/ y a mi me era imposible contenerlo»¿ No cabe la menor duda, Nacho, de que fuiste foco de piedad, razón de ternura y ecuación no resuelta por la ciencia. Cumpliste como enviado del Señor a nuestra morada y, después de culminar una misión aglutinadora de cariños, regresaste al Divino Origen. Sí sé, Concha, el porqué del reiterado emparejamiento de los términos ama de casa y abnegación (palabra, ésta, que literalmente significa negarse a sí misma). Está muy claro: por traer, no sin dolor, los hijos al mundo, hacer que la casa sea lo más confortable y alegre posible, criar a la prole; robar tiempo al sueño para ayudar a los chicos con sus deberes; pasar noches en blanco con motivo de dolencias y quebrantos en la familia. Enseñar a los hijos a rezar, y a superarse. Querer al marido, y a veces aguantar su «aire». Administrar caudales nada caudalosos¿ Me estoy dando cuenta de que en ti, he reflejado el retrato de otras madres, merecedoras del reconocimiento que con frecuencia se les escatima. Por todo lo que antecede, no sigo a Bernard Show cuando afirma que «el matrimonio convierte a un hombre con futuro en un hombre con pasado». Pero sí me apunto a la poética filosofía de Carmen Conde: «Todo es luz y desmayo donde nacen los hijos./ Y la tierra es de flor, y en la flor hay un cielo». Hoy serás, Concha, reina por un día. Eso sí, únicamente para la fiesta. Porque reina reina, tú sabes que lo eres siempre en el corazón de los tuyos. Te lo digo por escrito y para que conste precisamente en esta fecha, a los cincuenta años justos de habernos dicho si ante el altar, en un sábado, como hoy. Y cuando el otoño -ocres y oros- pone un acento de nostalgia en los hitos familiares. De todos modos, diez hijos y once nietos espléndidos constituyen un fruto envidiable. Ha merecido la pena.

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