Diario de León
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PEDRO VICENTE
León

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ME GUSTARÍA hablar de otras cosas, pero la ofensiva política y mediática desplegada en torno al pretendido Grupo Cajas Castilla y León y la incipiente guerra sobre su futura sede deja todo lo demás en segundo plano. En sus veinticinco años de existencia esta comunidad autónoma no ha conocido un despliegue similar. Nunca los máximos dirigentes de los dos principales partidos se habían conjurado de la forma en que lo han hecho Juan Vicente Herrera y Óscar López para sacar adelante a toda costa una apuesta conjunta. Siendo lo que proponen tan positivo y beneficioso para todos, no se entiende bien que para convencer a sus propios correligionarios en las distintas cajas hayan tenido que recurrir a semejante ofensiva. Debería haber bastado con que alguien se hubiera molestado en explicar esas bondades a los responsables de las entidades de ahorro, quienes lógicamente habrían hecho inmediatamente suyo un proyecto tan estupendo. Pero, una de dos, o Herrera y López no confían mucho en su propia capacidad de persuasión, o es que no se fían mucho de los conmilitones que pueblan los consejos de administración de nuestras cajas. El hecho es que se ha optado por conminarlas a que asuman el trágala, tratando de doblegar su voluntad a cualquier precio. Primero fue la encerrona tendida a los presidentes de las Cajas el día D, una operación de las planificadas por un alto estado mayor: Retrato forzado de Cecale, UGT y CC.OO. para ir metiendo presión y presencia coercitiva de representantes del Banco de España, que éste sí infunde el respeto que no se ha ganado la Junta. Todo perfectamente calculado. A partir de ahí asistimos a la inusual campaña «informativa» de las consultoras que trabajan en el objetivo, que a estas alturas ya son cuatro, AFI, Uría Menéndez, Intermoney y Deloitte, un verdadero «grupo contractual» confusamente reclutado, ya que se ignora quien ha contratado tanta asesoría y quien se hará cargo de sus costosas minutas. Y así a Herrera ya sólo le falta declarar «enemigo publico de Castilla y León» a quién tenga la osadía de manifestar alguna objeción a la iniciativa que comparte con López. Este último, algo más cauto, no llega tan lejos en su admonición, no tanto por su cultura agnóstica como por el peliagudo problema que tiene con su partido en León en vísperas de su congreso provincial. Eso sí, una vez que se ha prestado a ir del brazo de la Junta, ésta y el PP han dejado momentáneamente de descalificarle. Ya no puede quejarse lastimeramente López de lo mucho que le insultan. Por ensalmo ha dejado de ser el paracaidista enviado por Pepiño a una comunidad que desconoce por completo y con la que no tiene el menor compromiso, tal como se le venía calificando. El hecho es que entre todos han conseguido que aquí no se hable de otra cosa. Ni siquiera de la crisis, que en determinados aspectos castiga a Castilla y León con especial severidad, caso de la Producción Industrial, con una caída del 8,1 por ciento en los nueve primeros meses del año frente al 3,7 de la media nacional. De esto no hemos oido a nadie ni una palabra. Ni a la Junta ni a la oposición ni a la patronal ni a los sindicatos. Como si no hubiera vida -y crisis- más allá de las cajas.

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