Morir con dignidad
DESDE los tiempos más alejados de la memoria el hombre ha solicitado con lágrimas en los ojos y dolor de corazón, que el Dios padre, la providencia o a quien esté encomendada la distribución de la salud y de la gracia le proporcione una muerte digna.
Por tal se entiende o debe entenderse la muerte, que dicen natural y que nos llega despacio, y con ese silencio profundo que sirve para encomendarse al dios de la familia.
El ser humano está condenado, desde que comienza a darse cuenta de su condición, a morir. Pero no es nada fácil acostumbrarse a morir con dolor, ni al dolor, para morir al fin.
Hay sacramentos que se utilizan, ya que no para encontrar remedio para los males definitivos del cuerpo, sí para que el enfermo acepte su destino con serenidad y hasta con esperanza de otra vida mejor.
Entre los males que mayor sentimiento de desamparo proporciona, se suele anotar el Alzheimer y la Eutanasia. Del primero, el enfermo, muere sin saber que muere, pero todos cuantos le rodean están muriendo cada día un poco, siguiendo la muerte inevitable de su ser querido, su familiar, en el cual tenían prendidas sus esperanzas de vida, es decir de victoria de la vida sobre el mal.
Para nuestro torpísimo entender el mundo más triste, más doloroso, más inicuo y cruel es el de aquel que tiene sobre el alma dormida clavado el dolor más intenso y la ilusión de la vida derrotada. Quiero decir la Eutanasia.
Acudo al doctor que me cuida y me conserva y le pregunto por las características y peculiaridades de la enfermedad más espantosa de la Eutanasia. Y me concede el favor de descubrir para mi ignorancia cuáles son los síntomas. Y la agonía y el mérito de la Eutanasia: «La Eutanasia no es en sí una enfermedad, sino precisamente aspira a convertirse en la señal de que todavía es posible encontrar remedio para cualquiera de las enfermedades reales por las cuales el ser humano sufre y muere.
Me explica: La Eutanasia se refiere al hecho de o acción u omisión que para evitar sufrimientos a un paciente deshauciado, acelera su muerte, con el consentimiento del enfermo sin su conformidad. Se trata, me dice, de provocar una muerte sin sufrimiento. Una muerte limpia sin pena y sin gloria. Es, si se quiere, como el acto de ayuda misericordiosa a aquel que ya es un puro, un miserable dolor...
Contra este tremendo destino no existe ni remedio ni consolación posible. Cuando el ser humano penetra en el túnel de la muerte y le ha sido destinado esa acumulación de dolores que convierte al condenado a morir doliéndose de haber sido condenado a la pena de vivir sus últimos momentos lancinantes convertido en un irreparable dolor, es la más cruel de las decisiones que pueden tomarse y que mejor refleja el color de la conciencia del prójimo.
En la dulce Francia, la fiscalía negó el derecho a morir con dignidad a Chantal Sebire, una enferma de tumor nasal sometida a crueles dolores, abandonándola hasta la muerte.
Francia es un país civilizado que rechaza la aplicación a los enfermos de la eutanasia activa. Y a mí me parece que algo falla.