Asesinada en la calle
ERAN sobre las tres de la madrugada de un anoche de metal y hielo. Las calles se habían cubierto con mantas de los despavoridos y solamente para alguna urgencia o un atrevimiento, dos mujeres aparecían en la solitaria cruz de las calles Padre Isla y Lope de Vega. Dos muchachas, en sus quehaceres aparecían como personajes de drama, hurtando sombras y previniendo sus defensas para rechazar cualquier forma de acometida.
León no es precisamente tierra de alevosías. Las gentes se pelean y hasta se matan cuando algo muy grave y muy suyo se encuentra en situación de vida o muerte.
La reyerta, pese a sus naturales desvaríos, no es accidente que se produzca con cierta frecuencia. Y cuando esto sucede la ciudad entera se desmorona.
Cuando surge el malhechor de vidas y honras se
produce una cierta forma de relámpago interior que hace de la resplandeciente ciudad histórica, un lugar para el miedo. Todas las noches del León nocturno y sentimental, son espacios de vida y muerte y acaso, quizá, quién sabe, solamente el cuidado de los guardianes de la paz y sus atributos consiguen tiempos y plazas públicas para el romántico sentir.
María Teresa García y su amiga y compañera no acertó con la noche de ronda y vida por las calles leonesas.
Ambas regresaban a casa, ya cumplidos todos los deberes y todos los actos de amistad y colaboración previstos en sus registros.
Pese la dureza metálica de una noche ya desplegada para espanto de fugitivos, al llegar las dos mujeres en su andadura a la cruz de los caminos tradicionales del Padre Isla y Lope de Vega, como una ola de sombra surgió una figura extraña, con un inexpresivo antifaz y unos harapos. Debió instar a las dos muchachas a que se detuvieran y entregaran todos cuantos bienes portaran.
Es la fórmula: «Es un atraco, señoras». Se produjo el espanto y una de las dos románticas o comerciales de la luna, consiguió evadirse del acoso del asaltante.
Pero María quedó como clavada sobre el cemento y ni siquiera se le ocurrió la idea de resistir y luchar por sus bienes y por su vida amenazada. El villano matón de la noche, se precipitó sobre la cordera víctima y asistó a aquel cuerpo tembloroso y dominado, una, dos, tres y hast
a cuatro cuchilladas, con un objeto de sacrificar reses.
Y la mísera e infeliz asaltada se derrumbó como una torre empujada por el huracán. Y murió. Así se muere también en las calles del Viejo Reino. Y éste continúa siendo el más abrupto de los desplantes asesinos que se producen en esta nuestra ciudad, que no se siente ni mucho menos defendida ni garantizada. En León, señoras y señores, se lucha con encono por la integridad del idioma lionés y por la construcción de una nueva basílica o un circuito motorista.
Y se elevan, a nunca se sabe dónde acaban, demandas para el dominio pacífico de un territorio que se hace con dolor.
Todavía, señores de los mandos, todavía se muere con facilidad en las calles de León... Qué muerta se quedó en la calle / con un cuchillo en el pecho / cargado de miedo el aire / el aire de los cuchillos / el aire de la muerte, madre...