Diario de León
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León

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DICEN QUE LOS de Mieres son de armas tomar. Y nunca mejor sentenciado, a la luz de los sucesos acaecidos no ha mucho tiempo atrás. Un hijo de aquella tierra, cansado de las largas colas del Instituto Nacional de Empleo (Inem) y de la mala cara de algunos de sus servidores, salió hacha en mano dispuesto a cobrarse venganza. Afirman los testigos que la agarraba con mimo afectuoso. Cejijunto, hinchadas las narices, firme el paso en su caminar por las calles, dispuesto, así lo parecía, a llevarse por delante a tres o cuatro funcionarios de la oficina maldita de sus pesares. Afortunadamente fue detenido antes de propinar el primer golpe a nadie. Socarrones que son los asturianos, algunos le sugerían que mejor con un extintor, otros que tal vez matarratas en el café, y no faltaban los que casi consideraban un héroe a semejante vengador. Y es que la mala fama del funcionariado recorre todas las escalas, si bien en algunos casos echa raíces y aún hasta prospera por buen abono.

Día sí, día también, despertamos con alguna buena nueva de esas que siembran de confianza hacia el sistema. En este caso nos llega a propósito de una madre sencilla, de una localidad pequeña, que arreó un bofetón a su díscola bestezuela de corta edad, una especie de Chuky diabólico al decir de vecinos, familia y algunos docentes. Y por un sopapo hijo del no puedo más, una togada superchachi y megaguay decide condenar a la madre a más de un mes de cárcel y a pasar un año separada de su hijo. Leches, ni tantas ni tan calvo. ¿Por qué no muestran semejante dureza con los pederastas, con los violadores, con los padres que mezclan cocaína en los biberones de sus bebés, con aquellas supuestas parejas que abusan de las hijas de sus respectivas? Ah, no, que esos son pobres perturbados, drogadictos, enfermos, alcohólicos, o excusas semejantes, y por ende habilitados para todo desmán por culpa de esta sociedad cobarde. Pero si una pobre ama de casa de pueblo, sin otra formación que el duro trabajo diario le suelta una torta a un hijo, entonces que la detengan, que es un peligro para la sociedad, un grano en el culo, vamos.

Somos pacatos hasta para las críticas, porque nadie protesta ante los excesos judiciales por ejemplo del gobierno Iraní, que condena a muerte a ciento cincuenta menores. Desde los nueve años las niñas son responsables de sus actos como adultos y los chicos desde los quince. Algunos son ahorcados por su homosexualidad, otras por ser acusadas de adulterio después de ser violadas, y no faltan ejemplos a manera de ley del Talión, esa que ya promulgara el rey Hammurabi en sus códigos añejos de milenios. Majad Mohavedi, de veintisiete años, atacó con ácido a una muchacha que se negó a aceptar su propuesta de matrimonio. La dejó ciega y desfigurada. Ahora esa ley le llevará a recibir veinte gotas de ácido en los ojos para provocarle el mismo efecto.

Estremece. Aunque a estas alturas no sé si más la salvajada ancestral iraní, la estulticia osea guay hispana o la bravuconada del astur asilvestrado de Mieres. Casi me quedo con la de Mieres, al menos nos hace reír.

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