30 años
PUES aquí estamos, treinta años después, celebrando estas vacaciones de otoño, entre una festividad civil de la que todo español bien nacido opina, aunque sólo un once por ciento confiese conocer bien la Constitución, y otra celebración que nos queda como resto de superstición, que todo el mundo aprovecha para irse a comer con la familia. El mito y el logos en la España del tercer milenio, con los chicarrones del norte celebrándolo a tiros, los periódicos llenos de memoria histórica de antes de ayer y los ciudadanos conjurando la crisis, aunque sea frente a un menú del día. La fe y la razón: la diosa madre que concibió inmaculada y la ley que trabajosamente concibieron los padres de la patria en aquel tiempo, tan lejano ya, en el que decidimos que España debía dejar de ser diferente y milagrosamente nos pusimos de acuerdo. Y treinta años después dice el CIS que el 88 por ciento de los españoles conocemos la Constitución «muy poco, casi nada o por encima» aunque, eso sí, casi el 53 por ciento se muestra totalmente de acuerdo en reformarla, aunque la clase política sea consciente de que abrir ese melón, tal y como está el patio, puede traer consecuencias imprevistas. Y tres décadas más tarde se oyen voces que cuestionan el espíritu y los propios logros de la transición, empiezo a pensar que como freudiano acto fallido colectivo o, dicho en lenguaje de bolero, por nostalgia frente a lo que «lo que pudo haber sido y no fue». Yo creo que no fue casualidad que la Constitución del 78 se aprobara un 6 de diciembre, en vísperas de la festividad en la que los católicos celebran que el alma de María estaba adornada con la gracia desde el momento en que fue creada. Ésta es, dice la Iglesia, «de las verdades que los católicos creemos, aunque a veces, no entendamos». Fe y razón. Mito y logos. La ciencia infusa aplicada, hace treinta años, a la política.