Balcones al sol
JOHN GRAY, que durante mucho tiempo fue el pope del liberalismo europeo más ultra, ha escrito en estos últimos años varios libros en los que se muestra muy crítico con los resultados y deficiencias del programa liberal clásico. Así, por ejemplo en Las dos caras del liberalismo y en Perros de paja. En este último libro ataca con dureza la tradición occidental basada en creencias arrogantes y erróneas sobre los seres humanos, al sostener dicha tradición, frente a Darwin, que los hombres son radicalmente distintos de los animales y que, por ello, han de ocupar un lugar de privilegio. Este humanismo, que tiene como fundamento la idea de progreso, es de origen religioso, y a través de la Ilustración ha contaminado a la filosofía (el utopismo marxista, por ejemplo) y la ciencia, que es hoy una ilusión, la versión secular de la idea cristiana de salvación.
Gray cuestiona el progreso que supuso el Neolítico sobre las culturas cazadoras del Paleolítico: el paso de la caza-recolección a la agricultura no comportó ningún beneficio general en términos de libertad y bienestar humanos. Simplemente, hizo posible que un mayor número de personas pudiera llevar vidas más pobres. Desde entonces, el desarrollo tecnológico ha provocado un crecimiento demográfico insoportable y una amenaza cada vez mayor a la vida sobre la tierra. Al mismo tiempo, las actuales tecnologías están despojando sistemáticamente a la fuerza de trabajo de todas las funciones que la Revolución Industrial había creado para ellas. La industrialización creó la clase obrera. Ahora, esa misma industrialización la ha vuelto obsoleta. La cibernética y la robótica harán que, excepto las labores más ínfimas y duras que ya se están desplazando a países pobres del Tercer Mundo, el trabajo sea cada vez menor. El paro es cada vez mayor, y en el futuro no será coyuntural sino estructural.
El mayor problema será satisfacer las necesidades de toda esa gente en paro. Las económicas pero también las espirituales: habrá que entretenerla; pues el aburrimiento de no hacer nada, el ocio de vidas sin sentido tendrá que llenarse con algo. Nos acercamos a una época en la que la mayoría de los seres humanos trabajaremos para divertir a otros seres humanos. Nuevas ocupaciones sustituirán a las de la era industrial y surgirán otras que, en otros tiempos, fueron prohibidas o disimuladas. Surge, lo vemos todos los días, una economía próspera de psicoterapeutas, religiones de diseño, videntes y magos; también literatura esotérica. Y detrás otra economía cada vez menos opaca de industrias ilegales que proporcionan drogas y sexo. La función de toda esta economía, legal e ilegal, es entretener y distraer a una población que, aunque esté ahora más ocupada que nunca, tiene la secreta sospecha de que sus esfuerzos no sirven para nada.
¿Y las necesidades económicas? También están amenazadas por la fragilidad del Estado, que en muchos lugares, por ejemplo de África, ya ha desaparecido. La amenaza a los derechos no está, como pensaba el liberalismo clásico y el marxismo, en el Estado, sino en su ausencia, en la anarquía. Nuestra única religión real es la fe superficial en el futuro, pero no tenemos ni la menor idea de lo que nos deparará ese futuro. Ahorrar equivale a jugársela y las pensiones son auténticas loterías. Es el fin de una ilusión: mil millones de balcones al sol. Como en el viejo adagio de Virgilio -”«una salus victis: nullam sperare salutem»-”, Gray cree que la mejor salvación es no esperarla y vivir el momento como nuevos epicúreos. No estoy tan seguro.