Diario de León
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LLEVABA el que suscribe en este mundo traidor donde todo es verdad y es mentira, los años suficientes como para saber y entender que la Constitución es la Carta Magna que se atribuyen los españoles de vez en cuando para regir sus vidas alteradas y contradictorias.

Y no me resultaba extraño que de vez en cuando, por un quítame esa paja del ojo, se reunieran unos proclaros personajes para cambiar, para corregir y hasta para suprimir la Constitución.

Al cabo de tantas idas y venidas, tantas vueltas y revueltas, siempre, o al menos desde la Constitución de 12 se fue fraguando el histórico episodio de celebrar la vigencia de una Constitución, que, mal que bien, nos está sirviendo para casi todo, tanto para las cuestiones de iglesia como para asuntos de la izquierda, que nunca se sabe exactamente dónde empieza y en qué consiste.

De modo que cuando un señor presidente de la Diputación Provincial de León (1996) me invitó a que hiciera el «Discurso de la Constitución» acepté de buen grado y recuerdo que propuse y se aceptaron algunos textos que metafóricamente «iban a misa», y que en esencia venían a querer asegurar el siguiente cuestionario para la regulación de una vida óptima y decente de la vida pública española.

Y, poco más o menos, me permití extender sobre la mesa una seria de propósitos tan éticos como políticos mediante el respeto de los cuales me parecía que contribuirían al equilibrio y buen sentido de la Carpetovetonia del alma:

- La Nación española, deseando establecer la libertad y la seguridad y promover el bien de cuantos la integran, en uso de su soberanía, proclaman la voluntad de:

- Garantizar la convivencia democráticamente dentro de la Constitución y de las leyes conforme a un orden económico y social justo.

- Consolidar un Estado de Derecho que asegure el imperio de la ley como expresión de la voluntad popular.

- Proteger a todos los españoles y pueblos de España en el ejercicio de los derechos humanos, sus culturas, sus tradiciones, lenguas e instituciones.

- Promover el progreso de la cultura y de la economía para asegurar a todos una digna calidad de vida.

Colaborar en el fortalecimiento de otras relaciones pacíficas y de eficaz cooperación entre todos los pueblos de la tierra.

Y concluimos con una frase que venía a ser como la consagración de la Constitución española para España y los españoles:

Hagámosla posible, honrada, justa y benéfica entre todos. Amén. Dicho lo cual calé el chapeo, desceñí la espada, miré de soslayo fuime.

- ¿Estamos próximos al despertar, que soñamos que soñamos?

- Pero soñar, señor, es bueno, todavía.

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