Diario de León
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León

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SI LA nieve fuera de verdad una metáfora de la prosperidad que viene, habría que pensar que el 2009 será un año que promete grandes progresos. Si nos dejáramos envolver por la niebla que a diario está cubriendo Ponferrada, sin embargo, tendríamos motivos para pensar que nuestro futuro no está ni mucho menos tan claro. Ni es necesariamente blanco.

Somos un gigante con pies de barro. Vivimos en sociedades del bienestar, en economías de mercado. En la tierra de las oportunidades, eso nos dicen, el lugar al que quieren llegar todos los inmigrantes. Y al final no somos más que un castillo de naipes.

El dinero es un concepto virtual en nuestra sociedad moderna, el crédito es la locomotora de la economía, incluso de la doméstica, y todo el sistema se asienta en un pilar tan intangible como es la confianza. Es algo que no se puede tocar, como la niebla, pero cuando falta, su ausencia se contagia. Y acaba envenenando a la economía real, la productiva, la que nos da de comer.

Así es como la crisis de las hipotecas basura en los Estados Unidos y la falta de regulación de los mercados financieros, en la mejor tradición del liberalismo extremo, se ha trasladado a todos los ámbitos. En el Bierzo, los despidos en Vitro, o el expediente de regulación de empleo en Roldán son algunos avisos, y aunque es de esperar que algunos empresarios con pocos escrúpulos se aprovechen de la crisis para disfrazar ajustes de personal, no hay nada inventado en la falta de liquidez que está ahogando sobre todo a los pequeños y medianos empresarios, en las dificultades generalizadas para obtener un crédito en los bancos, en el temor de los inversores, en el pánico que tienen las entidades financieras a prestar dinero.

En tiempos de crisis, algunos vuelven la vista al pasado, estudian el crack de Wall Street en 1929, comparan los días que vivimos con los de la Gran Depresión (¡cómo se parecen los granjeros de Oklahoma metidos a temporeros de la fruta en California en la novela de John Steinbeck

, y los albañiles en paro contratados este año para recoger la aceituna en el campo andaluz, en lugar de la mano de obra inmigrante!). Y llegan a la conclusión de que una parte de la solución puede ser la misma, que entonces; obras públicas para crear empleo, como hizo Roosevelt con su programa del New Deal.

Los fondos que el Gobierno central repartirá entre los ayuntamientos, y el de Ponferrada se llevará un buen e inesperado pellizco cuando está cerrando sus presupuestos municipales, pueden parecer una tirita tratando de contener una hemorragia. Pero también son una inyección de optimismo. Un cambio de tendencia. Si los bancos que están recibiendo ayudas del Gobierno también se atrevieran a inyectar liquidez en el mercado, estaríamos dándole la vuelta al calcetín de la crisis.

La moraleja parece clara. El Estado, tan vilipendiado por algunos como el mayor enemigo del libre mercado, no sólo es necesario para evitar que el sistema se desmande por culpa de ejecutivos avariciosos y estafas piramidales. También puede ser la mano que nos saque del barro.

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