Diario de León
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NO, NO me refiero a los floreados requiebros de antaño, lanzados públicamente por fogosos varones encalabrinados de la parte de las ingles, como consecuencia de los códigos y simetrías que lucían sobre sus huesos las hembras del tronío más postinero. Uno de los más recurrentes en el León de nuestros abuelos, tan atildados y modositos ellos, decía algo así como: «tus ojos valen más dinero que el que haría falta para tirar la Catedral a huevazos». ¡Toma ya-¦! Hablo de otro tipo de alabanzas, aunque referidas igualmente a la Pulchra leonina. Allá por el otoño de 1889, cierto caballero llamado Acacio Cáceres Prat visitó nuestra capital con la intención de realizar el consabido recorrido turístico-cultural, invitado por Demetrio de los Ríos, el arquitecto que se ocupaba por entonces de la restauración del más bello icono monumental leonés. Sus impresiones, entretejidas en base a las románticas pautas de la época, fueron publicadas en La Ilustración Nacional.

Así sabemos, siguiendo el relato de don Acacio, que «el antiguo santuario se yergue y fortifica, renovando con modernos músculos de piedra su cuerpo de granito, su mole inmensa, su monstruosa masa monumental y grave, conservando su típica hermosura y su fisonomía y carácter arquitectónico del estilo gótico-ojival». A la caída de la tarde se acercó hasta San Marcos, «soberbio y gallardo edificio envuelto en sombras, cuyos muros están labrados con el más exquisito lujo artístico». Y para rematar tan ajetreada jornada, antes de regresar a la posada y cenar a cuerpo de rey, paseó en dirección a San Isidoro por una ciudad «oscura como su pasada grandeza, un lugar histórico y triste cuya memoria evocan por doquiera sus ruinas venerables y sus abigarrados monumentos».

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