Diario de León
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León

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CAYÓ NIEVE como para enterrar a las pirámides de Egipto, con todas sus momias. Caía a ráfagas, a puñados, a golpes y el suelo, el santísimo suelo de la Legio Séptima Gémina y heroica, se cubría de blanco, como la novia y la niña de primera comunión. Y las buenas gentes que habían perdido hasta el recuerdo de nevada tan copiosa como esta del diciembre del 2008-2009, elevaban la mirada al cielo y contemplaban, con estupor cómo caía la nieve, lenta, implacable, segura.

Y la tierra prometida se cubría hasta la copa de sí misma y los asustados vecinos de la lastra por ejemplo y los no menos atemorizados del Ordoño el Segundo no se resistían y dirigiendo sus súplicas a la Casa de la Poridad, o sea el Ayuntamiento, solicitaban sal y agua cuando menos para contener la invasión nevada que amenazaba con la seguridad y con la salud pública.

Y los muy ancianos de la tribu, sin ánimo de ofender, recordaban que allá por el año 20, que fue año fuerte y prometedor de bienes, cuando se congelaban los grifos de las fuentes de León, siempre tan famosas, y ni la de renueva, ni la de la plaza de cárcel, ni la de la Fuente de la Corredera de los De Celis soltaban ni una gota de agua que impidiera que la nieve se congelara y se convirtiera en pista de hielo.

¿Qué le sucedía a este tiempo navideño que de manera tan dura condenaba a la Ciudad de los Guzmanes a morir con las nieves puestas?

La señora Diputación, ahora más señora que nunca con su presidenta señora Carrasco, debía tener guardados vehículos quitanieves por que no se veía uno ni en veinte leguas y la sal, la sal, atributo del leonesismo de aldea, había sido olvidado como medio para contratar los efectos de la nieve y de los hielos.

¿Qué se hicieron de aquellos piquetes que por menos que cantara un gallo del corral municipal, estaban en la calle, arma al brazo y en lo alto las estrellas, hasta un millar de bomberos, de obreros de pala y azadón, de estrategia y voluntad?

Ni se sabía ni hoy, a la hora en la que me dispongo a emitir este parte meteorológico, se conoce su paradero.

Y la Ciudad, de nieve hasta la cintura y de hielo que ni en el Morredero sigue esperando a ver qué se les ocurre a los ilustres padrecitos, de la patria pequeña, para detener la invasión de los hielos permanentes que siguen apretados a las rutas de la Ciudad desde hace ya más de cuatro días con sus noches...

Los militares que ocuparon el puesto de los trabajadores del frío cumplieron con su deber.

Pero esta guerra correspondía a la municipalidad a la Diputación y al cuerpo de bomberos. ¿Que ha sido de ellos? ¿Se puede consentir sin escalofríos la existencia de estos hielos que convierten a la Ciudad de León en una de las pistas de hielo más despistadas del universo mundo? ¿A quien corresponde exigir responsabilidad? ¿Dimisión para qué? ¡Que siga la música de gaita!

«Con estos tiempo vendrán/ otros tiempo y otros y otros/ y lo mismo que nosotros/ otros se jorobarán, ¡Que así es la vida, Don Juan!

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