Diario de León
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León

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NO HACE TANTO los chascarrillos de hacer la ola a los triunfadores sin escrúpulos glosaban aquello de «si le debes un millón de pesetas a Hacienda, tienes un problema. Si le debes mil millones, Hacienda tiene un problema». Eran otros tiempos. El chanchullo era parte intrínseca de la que se dio en llamar ingeniería financiera, que implicaba manejo farrullero de las contabilidades, obtención de rentabilidades a costa casi de lo que fuera y reconocimiento social en fiestas de postín y papel couché.

Hoy las cosas han cambiado, si bien, como ha desmostrado sobradamente el 2008, más en la forma que en el fondo. Los marrulleros siguen pergeñando fórmulas de enriquecimiento que triunfan no hasta que la justicia descubre el truco, sino hasta que se derrumban en su propio error de concepto. Pero ahora, en general ya no son tan conocidos por el gran público. Su fama suele llegarles cuando dan nombre al gran escándalo económico del momento.

Han cambiado las cosas porque cuando debes mucho, no sólo Hacienda tiene un problema. Que se lo digan al multimillonario alemán Adolf Merckle, que se suicidó hace pocos días agobiado por las deudas. O a los muchos empresarios y

(a qué pocos les gusta ahora que se les denomine así) que sin llegar a tan lamentables extremos las están pasando canutas para maquillar por enésima vez el pálido cadáver de sus ingenierías contables, desinfladas y flácidas por la desonfianza generalizada.

Decía un analista hace poco que esta época de cambios se traduce más bien en un cambio de época. Podría pensarse que es la del fin definitivo del pelotazo, pero sería ingenuo. Se van estos fiascos y ya se preparan otros. Los chanchullos tienen efecto

. Siempre regresan.

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