Diario de León

NUBES Y CLAROS | MARÍA J. MUÑIZ

Los dos lados de la correa

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MARÍA J. MUÑIZ
León

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COMO YA SOY una persona de cierta edad tengo, primero, un concepto de los comportamientos sociales que muchos hoy podrían calificar de rancio, aunque antes solían llamarlo educación; y segundo, una pátina de mala leche que me hace refunfuñar ante quienes son incapaces de poner en práctica los más mínimos principios de la convivencia. Me revientan por ejemplo los que pasan altivos por la puerta que yo sujeto no sólo sin dar las gracias, sino ignorando mi presencia. Lástima de muelles de cierre lento, que no permiten soltar la puerta en las narices de quien finge no verte. Son, con todo, menudencias comparadas con otros comportamientos que sí resultan absolutamente aberrantes.

Delante del centro de alzhéimer de la calle Cabrera hay una rampa por la que cada día los enfermos arrastran sus pies hasta las salas donde pasan sus horas. Una rampa entre soportales, rodeada de espacios ajardinados. En medio de esa rampa un perro dejó recientemente aquello que le sobraba a su cuerpo y que su dueño no quería tener cerca. En su ir y venir los enfermos se llevaron parte de la mierda en sus zapatos.

No creo que nadie lleve a su perro a cagar demasiado lejos de su casa, así que me imagino que el dueño del can sabía de sobra a cuento de qué aquella rampa adornada la acera. De lo que me permito deducir la catadura moral de quien dejó el rastro de porquería donde sabía que no podrían esquivarlo.

Siempre me sacó de quicio un amigo que, puesto a ser pedante, sacaba pecho para airear a los cuatro vientos que no estaba dispuesto a tratar a su perro como si fuera un animal. Viendo cosas como las que comento no puedo menos que darle la razón. De los dos lados de la correa, no siempre es el animal el que la lleva al cuello.

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