Publicado por
CÉSAR GAVELA
León

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LA CIUDAD era pobre, el país era pobre. No era pobreza general y devastadora, no. Era pobreza de unos, y eso que se llama mediano pasar de otros. Aunque había otros, muy pocos, que andaban metidos en dineros y en viajes a Madrid donde nunca se olvidaban de ir a comer gambas con cerveza en las terrazas de la Plaza Mayor. Los que comían gambas en Madrid eran los empresarios pudientes de Ponferrada, también los ingenieros de los pantanos y las térmicas. Y los que comían gambas a la gabardina los domingos, pero en Ponferrada y mirando mucho el dinero de la consumición, era la clase media de la capital del Bierzo, sector social donde nací, y que en mi caso viví en dos épocas diferentes: hasta los últimos sesenta con cierta holgura, y a partir del mayo francés, con crecientes dificultades. Porque un negocio de almacén de coloniales ya era una antigualla incluso cuando la Unión Soviética invadió Checoslovaquia. ¿Qué les pasaba a los que nunca podían tomar gambas, ni siquiera aceitunas, al salir de la misa de San Pedro, donde un cura de gran palenque bíblico hacía sonar su voz con brío, sobre el ruido metálico de las pulseras de oro con monedas de las mujeres de los tenderos más triunfales, de los médicos y los letrados?

Pues a esas personas les pasaban cosas tristes, y no había demasiada esperanza para ellos. Aunque hambre, no. Funcionaba Cáritas muy bien; mi padre era su tesorero parroquial. Yo veía los dineros en casa, las cuentas perfectas de mi padre, su rigor ejemplar. Además quedaban instrumentos de la postguerra: un comedor social en la esquina de Antolín López Peláez con la travesía peatonal que termina en Lazúrtegui. Allí descubrí yo siendo niño a un montón de personas hambrientas. Que no eran pobres de solemnidad, sino gentes de sueldos irrisorios, familias con demasiados hijos, parados y personas que eran incapaces de triunfar, los pobres. ¿Triunfar? Qué broma.

No sé si es bueno o malo recordar la pobreza general. Pero acaso no esté de más hacerlo, después de tantos años de lujos y endeudamientos, de clase media enloquecida, la más loca del mundo, que es la española probablemente. Tarjetas de crédito, viajes al quinto pino, coches nuevos, a ser posible grandes, negros, cuatro por cuatro mil letras. Clase media cuyos padres fueron modestos, y sus abuelos, muchos, pobres.

No somos como Inglaterra o Escandinavia, donde hace ya largos años que no son pobres. Aquí pocos, y ahora vuelven los fantasmas de aquel pasado reciente. Con su advertencia y su gracia, que también la tiene. Sin caer en masoquismos. Porque, a fin de cuentas, aunque bajo un régimen inmoral, y en una ciudad un tanto remota entonces, la vida corría en plenitud.

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Había unos negocios que a mí me fascinaban: las mercerías donde se cogían los puntos a las medias. Unas mujeres se perfilaban al otro lado de los cristales de las paqueterías aquellas. Una bombilla potente, un artefacto que parecía un vaso, y sobre él, la tela para reparar. De las medias de cristal. Y la ciudad al otro lado y dentro. La ciudad donde se remendaban pantalones y calcetines, calzones y calzado. La ciudad donde casi todo el mundo se apretaba el cinturón. Las madres confeccionaban la ropa de toda la familia, y en los barrios más humildes las gentes se construían su casa por las noches, cuando no había policías. La ciudad era pobre, no quiero convertir aquella vida dura en encanto, que tiene poco. Pero vivíamos allí y no olvidamos lo vivido; tampoco lo que vivían los más pobres. Ahora tengo entendido que atraviesan un nuevo esplendor inesperado los negocios que arreglan abrigos y chaquetas, los que reestructuran trajes y faldas. Cualquier día empezamos a ver letreros que anuncian que se cogen puntos a las medias. Y a las horas.