NUBES Y CLAROS | MARÍA J. MUÑIZ
Apalancados
SÍ, SÍ, YA SÉ que lo de la crisis ya aburre, y que a fuerza de tanto análisis y dictamen el asunto agobia más de lo recomendable. Pero es que hay situaciones que han cambiado de manera tan drástica que no puede una menos que hacer sus reflexiones. Por ejemplo, preguntarse dónde han ido a parar todos aquellos billetes que salían a borbotones de los teléfonos con sólo hacer una llamada.
Las mañanas televisivas estaban infectadas no hace tanto de anuncios en los que españolitos de lo más corriente te llamaban primo a la cara por no pedir dinerín fresco para las vacaciones, el coche, o todo aquello que, a fuerza de no ser necesario, resultaba aparentemente asequible en los tiempos en los que todo valía. A gran velocidad y con letra de hormiga corrían por los bajos de la pantalla las condiciones abusivas de aquellos préstamos, pero quién quería reparar en ellas mientras se incitaba a consumir alegremente razonando precisamente con los bajos.
Eran los tiempos en los que si alguien hablaba de apalancamiento patrio venía enseguida a la mente el chascarrillo aquel de los dos romeros que reposaban a la sombra de una parra con un rebujito en la mano. «¿Qué, hacemos el Camino?», le decía uno al otro. «Anda, y que lo haga el Ministerio de Obras Públicas...» Eso, y no otras complejas operaciones financieras, es lo que se ha entendido por apalancamiento tradicionalmente en este país.
Quién nos iba a decir que poco después íbamos a seguir apalancados, pero esta vez a fuerza de endeudarnos mucho más allá de lo que podríamos ser capaces de devolver incluso si vendemos la camisa y los zapatos que llevamos puestos. ¡Ay, cuánto están cambiando las costumbres y los conceptos en este país! Bueno, no todas.