AL TRASLUZ | EDUARDO AGUIRRE
Aquí y allí
UN JOVEN estadounidense llamado Graig Zucker se ha hecho millonario vendiendo agua del grifo embotellada. Eso sí, del grifo de Nueva York, que debe de ser de lo más cool. Y sin publicidad engañosa. El absurdo es un buen negocio, lo difícil es dar con el manantial de donde mana, no porque se encuentre en lugares inaccesibles, sino porque hay tantos que cuesta verlos. En 1961, Manzini vendió sus propios excrementos, enlatados con la etiqueta de «Mierda de Artista», guiándose por la cotización que tuvo el oro ese día; murió tres años después, y sus herederos aún le están eternamente agradecidos. ¿No hay quienes se han comprado una parcela en la luna? Zucker vende su agua más barata que aquellas otras que son ofertadas como si tuvieran pedigree, y le ha funcionado porque en su país se come mucho sentado en un banco de la calle, y no siempre hay fuentes cerca. Dicho así, suena a dos y dos son cuatro, pero hasta la suma más simple hay que saber hacerla, y antes que los demás. Aquí en España los golpes de agudeza empresarial no suelen pasar de la ocurrencia de que mandando un SMS a tal número puede tocarnos un coche, o estamos votando quién nos representará en Eurovisión; la credulidad nacional mueve mucho dinero, pero no genera premios Nobel; en todo caso, los impide. Aquí creemos que los eurekas se cazan a perdigonazos. Para empezar, nuestro Zucker hubiese tardado un año en tener listo el papeleo para poner en marcha su iniciativa, a la que siempre le faltaría una fotocopia, cuando no una genuflexión; nos refleja ese extendido cartel en el que aparece un personaje desternillándose mientras nos pregunta: «¿Para cuándo dice que lo quiere?». Vuelva usted mañana, las cosas del palacio van despacio-¦ Aquí todavía estamos debatiendo si crisis se escribe con hache.