Diario de León

TRIBUNA | josé antonio fernández llamas

Los 105 años de Ramoncín

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CASI UN LUSTRO atrás, en esta misma tribuna, titulé el artículo «homenaje a un centenario». Entonces, ya di cuenta que era mi particular forma de rendir tributo a quien, por causa de su inherente humildad, no admitía agasajo alguno. Ramoncín, de Villafranca del Bierzo, ese pequeño gran hombre (en el sentido más literal y respetuoso del término) cumple hoy, 4 de marzo de 2009, 105 años. Aquel homenaje quisiera hoy trocarlo en profundo reconocimiento.

Nacido en el seno de una familia humilde -"su padre ejercía en el juzgado como portero-" coparticipaban al sustento doméstico la paga de su abuelo, guardia civil, y los productos de un pequeño huerto. Fue el menor de diez hermanos. El primogénito, Isidro, falleció en Brasil, a donde emigró cuando Alfonso XIII, a la respetable edad de 107 años. Ambos terminarían en silla de ruedas. Aparte este dato coincidente, Ramoncín es soltero mientras el otro centenario tuvo primera esposa y, tras enviudar, segunda. Conclusión: las diversas teorías sobre la influencia del casamiento en la longevidad han de tomarse como no definitivas o, al menos, con las honrosas excepciones.

Retomando sus primeros datos biográficos, a la temprana edad de ocho años sufre una grave enfermedad, en aquellos tiempos inidentificable, que le segaría de raíz el crecimiento. Dicha circunstancia, lejos de lastrarle, lo iba a convertir en un ser especial.

Desde la preguerra civil hasta su jubilación, trabaja en Villafranca como auxiliar mayor de justicia. Y a fe que lo desempeñó bien, pues se haría merecedor a la Gran Cruz de San Raimundo de Peñafort, honor (resáltese a fin de justa ponderación) ordinariamente reservado a las altas instancias de la magistratura. Representan algunas pruebas de esa abnegación laboral sin límites: el hecho de cumplir con sus funciones, durante largo periodo, a cambio de un duro al mes -"estrechez que mejoraría tras ganar las oposiciones en Valladolid-"; el hábito, inusual entonces y ahora, de allegarse al juzgado los domingos; la reincidencia en el no disfrute de sus vacaciones -"tan sólo, en una oportunidad, solicitaría licencia por ocho días para conocer Galicia-". Con todo lo argüido, a nadie debe extrañar el agradecimiento, cuando no oabierta dependencia, de los sucesivos jueces y secretarios.

Las calles de su localidad natal y vivencial albergan remembranzas de su ligero caminar e impecable aspecto. Siempre con traje a medida, no precisaba abrigo. Simplemente, con ocasión del frío, anudaba una bufanda. Una década desde su enclaustramiento, por el problema de movilidad, y la gente, extramuros, le rememora como alguien legendario. Porque legendaria era y es su caudalosa alegría, su generosa personalidad y su espontáneo afecto; todo ello enriquecido, al discurrir del tiempo, con grandes dosis de sabiduría.

A veces, planea sobre su existencia, no el peso de los años, sino la invalidez irreversible. Esto le hace inquietarse por si da trabajo. Su sobrina Amparo (la aludida) niega la mayor y ensalza la cálida compañía. He aquí un hombre bueno el cual acusa preocupaciones solidarias, carentes de fundamento, con su inmediato entorno.

El defecto de que adolece el reseñado (diríase el único) orilla la terquedad. Así, verbigracia, resultó imposible adaptarle otra dentadura. Y, por tal motivo, aun en trozos pequeños, engulle los alimentos. No presenta, a consecuencia, problema digestivo alguno. Ni siquiera el picante con que, regularmente, adereza sus comidas incomoda su estómago. Sabe de los médicos por referencias. Tales profesionales caerían en segura desgracia si la vitalidad contagiara sus efectos a ritmo de gripe. En la década de los sesenta, no hubo mejor remedio, dada su pertinaz negativa, que operarlo a traición de una hernia discal, única vez, ésta, de ingreso hospitalario.

En el mismo orden de cosas, su sobrina Amparo, a cuyo cargo (dijimos) está el inmune, resalta una salud asombrosa, sostenida sin medicamento alguno, y quita méritos a las personas de edad avanzada, sobrevivientes a golpe de pastillas.

Hay anécdotas que ilustran por sí solas. Conserva en buen uso las mismas gafas de pasta marrón, lentes graduadas incluidas, adquiridas hace cuarenta y cinco años. Incluso, prescinde de ellas en numerosas lecturas del periódico. Lo cual ofrece tintes excepcionales si rescatamos su vida laboral como escribiente en el juzgado -"debía fijar continuamente la vista sobre documentos que redactaba, por otra parte, en trazo perfecto-" y añadimos su afición a realizar, con minucioso detalle y maestría, variada clase de pinturas y esculturas: en el sitio «Campo de la Gallina» apañaba el barro destinado a obrar las casas de los «belenes»-".

Asimismo, corre, insistente, el rumor de que los ancianos se desorientan lejos de su hogar. Empero, ya con el siglo en su haber, asistiría impertérrito a dos mudanzas villafranquinas: de su casa de siempre en la plaza Prim, junto al castillo de los Halffter, a piso de alquiler en la travesía San Nicolás, aledaña a la Plaza Mayor; de éste último al actual de Santa Catalina, comienzo o final de la emblemática calle del Agua o de Ribadeo. Entremedias, un invierno en Ponferrada

Ya en su nuevo domicilio, entretiene sus días asomado al Viaducto, continuación del puente medieval sobre el Burbia, que es obra civil de 1908. Posterior al nacimiento de nuestro biografiado, éste evoca el día de la inauguración, a la que acudió en brazos de su madre, y, en concreto, recuerda al obispo cuya bendición reproduce a un lado y a otro. Por el Viaducto, pasean familiares y amigos quienes saludan, siempre, con cariño.

Al visitante le recibe, apostado tras una mesa camilla, con la misma sonrisa a flor de labios. Y expele toda su energía mientras, en rápida mirada retrospectiva, señala la foto añeja de sus padres, unida a la pared cual antigua leyenda en frontispicio.

Con cien años ya era el hombre más longevo de Villafranca: ¡Quizá!, a día de hoy, ostente el título en el Bierzo. Desconozco si, también, de la provincia.

Nadie en su pueblo habla mal de Ramón Marba Amigo; todos lo nombran con una mezcla de admiración y respeto; él rehuye distinción alguna-¦ Y, desde su estancia, ve la vida pasar: la de los otros (se deduce).

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