TRIBUNA
La hora de los sastres
YA SE SABE que en tiempo de crisis o desastres (naturales, bélicos, económicos, etcétera) es la hora de los sastres. Hay que tomar «medidas, medidas y medidas», pero que sean siempre, por favor, a cargo de profesionales de buena maña con metro, aguja y tijera, no de remendones o modistillos de tres al cuarto. El gran problema es que esta vez la crisis resulta difícilmente mensurable, por no decir inconmensurable. Estimado lector, a no ser que, emulando a San Genadio y a San Fructuoso, se haga usted anacoreta encovándose en un valle de silencio, como cualquier otro mortal, es usted ciudadano-villano-aldeano que vive en sociedad. En virtud de ello, no le queda otro remedio -”si exceptuamos el delictivo de sentir un desmedido afán por lo ajeno o la ventura de ser acaudalado-” que vender su fuerza de trabajo, siempre que encuentre comprador en el mercado laboral, a cambio de dinero. Se convierte usted así en una «persona física» capaz de contribuir, consumir y, si hace, ahorrar.
Como contribuyente, una parte de la renta obtenida por la venta de su fuerza de trabajo es succionada en forma de impuestos por el Estado, Comunidad Autónoma, Ayuntamiento y Diputación, que, salvo turbios desvíos inconfesables, se destinan a cubrir necesidades sociales, y también a subvencionar y ayudar a grandes empresas para paliar sus dolencias. Los gestores de los fondos succionados son entes que, pasados por las urnas, reciben el nombre de «políticos». Puede ocurrir que los gastos públicos guarden un cierto equilibrio con los ingresos; pero lo ordinario es que los rebasen con creces. Cuando esto acontece, surge la deuda, que afecta, por un lado, a las pequeñas empresas que alimentan a las entidades públicas, porque tardan en cobrar o se quedan a dos velas; y, por otro lado, a los contribuyentes, que ven aumentados sus impuestos.
El hombre es un consumidor ab ovo , o sea, desde el huevo o embrión. Tomando como base la unidad familiar -”una institución que se genera con gusto y se mantiene con disgusto-”, el consumo privado puede ser, al igual que el consumo público, mesurado o desmesurado, esto es, que sus respectivos actores decidan vivir según sus posibilidades o por encima de ellas. El resultado en este último caso es el mismo, la deuda. Vivienda, automóvil y viajes son los principales inductores de la misma, y los acreedores que han prestado el dinero, muchas veces lo han hecho sin la debida garantía, generando una lista de morosos que puede poner en dificultades a la propia entidad financiera. Si a esto añadimos la abultada deuda exterior, vemos un país endeudado por los cuatro costados y hasta las cejas.
Modélico contribuyente, como consumidor capaz de ahorrar, ha de guardar usted parte de la renta no succionada ni intercambiada, bien para adquirir otros bienes con posterioridad, o para que sus deudos la hereden ante notario. Pero, ¿qué hacer en tanto con los ahorros? Teniendo en cuenta que hucha, media, colchón, vidriola o alcancía pertenecen ya al pretérito imperfecto del refugio pecuniario, el ahorrador se convierte en inversor en títulos o valores, o bien en impositor que deposita sus ahorros a interés fijo en bancos o cajas; aunque, según el consejo del Comisario para Asuntos Económicos y Monetarios de la Unión Europea, señor Almunia, «en tiempos de crisis, quienes tengan dinero, que lo gasten», en lo que sea, pero que lo gasten.
Con este elemental preámbulo, tal vez se perciba mejor la situación del ahorrador entre los vaivenes de la crisis económica que se nos está echando encima como una maldición. Por el tiempo en que uno andaba en las inmediaciones del uso de razón, penumbra, miedo y hambre, la economía española fue despertando de su larga noche de penurias con planes de desarrollo y un efectivo crecimiento que se asentó sobre dos pilares de mucho fuste: la emigración (y su aporte en las remesas de los emigrantes o «partidas invisibles») y el turismo. El aprovechamiento de esas fuentes (la del turismo ha seguido manando con fuerza), apenas si creó un modelo de crecimiento fuera del «España es diferente», entre otras razones porque el sistema educativo español ha carecido de instrucción profesional e investigación tecnológica orientada a crear un tejido productivo propio verdaderamente competitivo en el mercado internacional. El bienestar generado a partir del despegue de los años sesenta, incrementado luego, tras la «muerte del difunto», por la llegada de fondos comunitarios europeos y capital extranjero, tampoco ha sido debidamente aprovechado, limitándose nuestro modelo de crecimiento a la creación de infraestructuras y a una incontrolada especulación inmobiliaria, de la que ha surgido una «cementocracia» de potentados o «nuevos ricos» y la frase: «La política es una rama de la construcción». Se sabía que la «burbuja inmobiliaria» tenía que reventar no tardando mucho, pero ningún sucedáneo se ha inventado para evitar en todo o en parte la hemorragia consecutiva de desempleo.
Sin ánimo de ser alarmista, el ahorrador desconfía ante el porvenir de sus ahorros, producto de muchos años de trabajo. El problema para el impositor ya no es el tanto por ciento de interés que pueda obtener en la cuenta de tal banco o caja, sino el uso que se le dé. Dícese que algunos bancos o cajas, arrastrados por la vorágine codiciosa, han hecho préstamos salvajes sin la debida precaución. Ahorradores hay que están muy preocupados a la espera de ver las consecuencias. Ahora la banca, pese al embolsamiento de 150 millones de dinero público, se retrae a dar créditos, a pesar de la presión del Gobierno que se los inyectó y que, ante la falta de préstamos a pymes y familias a orilla de la quiebra, amenaza solapadamente con no sabemos qué («al Gobierno se le va acabando la paciencia», afirma el ministro Sebastián). No les falta razón a bancos y cajas en su reticencia; su cautela se funda en el imparable aumento del paro y otros índices negativos. Quieren, lógicamente, asegurar la solvencia del receptor, sea individuo o empresa, y compartir los riesgos con el Gobierno. Los bancos y las cajas son sociedades cuyos gestores manejan un dinero que no es suyo -”como el de los impuestos por los políticos-”, sino de accionistas e impositores, y han de actuar con tiento para que a unos no les entre la fiebre de vender y a otros la de rescatar al grito angustiado de ¡sálvese quien pueda! No se vea después el Gobierno de turno en la necesidad de tomar medidas restrictivas a la extracción de dinero en efectivo por sus reales dueños. Ojo al cristo, que es de plata, y cuidadito con las medidas, señores sastres, remendones o modistillos, no sea peor el remedio que la enfermedad.