HISTORIAS DEL REINO | MARGARITA TORRES
El último romano
EL PASADO día 3 de marzo, la vida del mejor de los hombres se extinguió en el hospital de Palencia. Se llamaba Javier Cortes Álvarez de Miranda, y muchos le recordarán en La Olmeda, la villa romana sita en las cercanías de Saldaña. Aquel hombre de modales exquisitos, voz suave, ademanes de caballero y ejemplo de bondad sin límites solía acompañar a los visitantes que se acercaban en su recorrido por ella. Con humildad sólo pareja a su sabiduría, Javier te desvelaba hasta el tuétano de los huesos de la historia de aquel emplazamiento singular, único. Dejaba en todos el recuerdo cálido de un tiempo pisando la historia hecha piedra y vida, nos permitía soñar con el pasado acariciando el aire de aquellas estancias donde la huella del artista fue quebrada por un incendio que asemeja batalla, duro final, resistencia de un mundo, el romano, estrangulado por los llamados bárbaros. La visita concluía en Saldaña, en el museo de San Pedro, donde las formas se hacían hombre a través de la existencia cotidiana. De regreso, en todos quedaba el buen sabor de boca de una experiencia única y la imagen de un hombre entrañable en el recuerdo.
Para quienes tuvimos la fortuna de recibir el nombre de amigos, Javier Cortes escondía mucho más. Modales franciscanos, amor a su tierra, firme disposición ignaciana ante la vida no siempre fácil. Javier te mostraba su alma, y de su hermosura daba buena cuenta cada palabra, cada gesto, su mirada limpia de odio, repleta de amor, dulce. Culto, curioso, hospitalario como nadie, amigo de sus amigos, defensor de los más débiles, enemigo de las injusticias, pocos podrían descubrir en aquel hombre enjuto vestido con un anorak casi tan viejo como las piedras de su villa al ingeniero agrónomo, al hijo del diputado Ricardo Cortes, al primo de Fernando Álvarez de Miranda, que fue presidente del Congreso a finales de los setenta, al descubridor de La Olmeda.
A comienzos de julio de 1968 trabajaba en unas tierras de su propiedad cuando el azar quiso que apareciera un bloque de piedra, luego otro, finalmente parte de unos dibujos que acabaron tornándose mosaico. Lo que parecía un descubrimiento fortuito terminó por convertirse en la villa romana más importante del norte de España. En 1980 cedió la finca y su yacimiento a la Diputación de Palencia a cambio de nada, así era Javier. Más tarde dedicó sus esfuerzos personales y económicos a rehabilitar la iglesia de San Pedro (Saldaña) para que pudiera albergar los hallazgos encontrados en La Olmeda, que fue declarada Bien de Interés Cultural en 1996.
Nunca conocí a nadie que hablara mal de él y, si tuvo enemigos, éstos hubieron de estrellarse en el muro de su caballerosidad. Creo que con él ha muerto el último de los hombres buenos, el último de los romanos. Descansa en paz, Javier.
P.S. Comprenderás, querido sobrino, y tú también, oh, excelso edil, que si perdemos nuestro tiempo en atender los ladridos de los perros, nunca podremos los leoneses combatir en otras batallas más elevadas y productivas. Tomad ejemplo y recordad el viejo refrán italiano: cuanto más se sabe, menos se asevera.