Diario de León

CONTRACORRIENTE | MIGUEL PAZ CABANAS

Los Dalton en Padre Isla

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MIGUEL PAZ CABANAS
León

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COMO muchos papanatas progresistas de mi época, yo tenía una idea preconcebida de los joyeros, a los que imaginaba como los avaros de una novela de Balzac, engastando piedras preciosas para viejas adictas a los rubís. La edad cicatriza muchas tonterías y hace ahora algunos años tuve la oportunidad de visitar el taller de un joyero leonés, Jesús Prieto Olite, un artesano que ama su oficio y lo transmite con un didactismo maravilloso.

Lo veo muy de vez en cuando (es un hombre enfrascado en mil proyectos), pero cuando me cruzo con él trato de estirar la conversación y al final siempre acabo pensando lo mismo: que ojala hubiese más personas como él. Imagino que estos días esté especialmente frustrado y dolido, después del atraco que ha sufrido recientemente un colega, en pleno centro de León y a plena luz del día. Mal lo tienen los autónomos, si a la escasez de crédito le suman estos sobresaltos, perpetrados, a lo que parece, por tipos hercúleos y armados con recortadas. Para echarse a temblar. Ya sé que en esta viña suceden cosas aterradoras y que en el mundo se cometen constantemente todo tipo de crímenes, pero a mí el mal de muchos me importa un bledo. Sea o no efecto de la crisis, o de la maldad intrínseca del género humano, estas cosas a uno le ponen los pelos de punta y le dejan con el alma en vilo.

También la miseria, por supuesto, y las mujeres apaleadas, y la impunidad de los gestores con corbata (sobre todo si, al salir de la «caja», está llena de «manchas»). Pero últimamente uno tiene la sensación de que en el lienzo de nuestras vidas pintan colores sombríos. A lo mejor ha llegado la hora de protestar, como me dicen que hacen en Francia, donde no le pasan una a los que dirigen el cotarro. Protestar pacíficamente, eso sí, como cuando le decimos al conductor descerebrado que lo que estamos cruzando tranquilamente es un paso de cebra. Digo de hacerlo con calma, porque también en momentos de desesperanza hay quien saca provecho del hastío general dándose golpes en el pecho.

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