Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER | VICTORIANO CRÉMER

Dieciséis años muerta

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VICTORIANO CRÉMER
León

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EN ITALIA, a las mismas puertas del Vaticano, una muchacha en flor lleva muerta dieciséis años.

Los sufrimientos de la agonizante son tales que tienen a la infeliz en un puro lamento, pidiéndole al Dios de sus demandas que le envíe el ángel de la muerte -”que también les hay-” y la arranque de tanto dolor.

La familia, agotada desde que se manifestó el desastre, no vive contemplando la muerte lenta, inacabable, de la hija. Y reza y llora pidiendo a los santos tutelares que decidan de una vez el fin de la agonía.

Los italianos, salvo los folklóricos tradicionales, envían también sus mensajes a quien de verdad corresponde el fin de estos trances, para que ayude a la infeliz muchacha a salvar el obstáculo humano y hasta divino que al parecer se opone a que se apliquen medidas misericordiosas que permitan a la infeliz morir en paz, ya que no le es permitido vivir viva.

No quiero mencionar el término alarmante porque ya está lo suficientemente manipulado, de una forma y de otra como para olvidarnos de este signo de terror humano.

En España sabemos algo de esta situación tan discutida y contradictoria porque hemos conseguido que incluso nuestros enfermos terminales fueran utilizados como guión cinematográfico.

Pero el estado de estos seres humanos maniatados de alma, con su tremenda angustia en la mirada, continúa siendo no ya un motivo, sino una exigencia humana para todos.

Porque vivir sin vivir es una tortura, una condena, una miseria a la que no parecía que el ser humano estuviera señalado por sus muchas culpas, cuando el doliente nunca tiene culpa de sus dolencias y al cabo de un tiempo de prueba se entrega en las manos de Dios para que decida sobre su definitivo destino.

Nunca entraremos nosotros en el debate sobre si es tolerable que el ser humano decida sobre su propia existencia o si esto depende de la Providencia. Pero sentir el temblor del dolor, y asistir a su cuidado es un trance, una penitencia, una miseria que se extiende a toda una familia, a una sociedad y hasta a una nación, y parece que no es cristiano, ni demócrata, ni nada, tener pegado al corazón a una madre, a un padre, a una hija en estado de acabamiento, sin que también al familiar se le rompen los sentidos.

Nadie en sus cabales defiende ni mucho menos la existencia de la muerte en vida con el dolor pegado a la carne y al alma, pero tampoco sabe cómo dominar esta situación como de condenación.

Estamos en manos de Dios, se dice por quienes no sufren directamente esta situación. Y familias enteras, padres, hijos y amigos entrañables se ven acosados, por una muerte silenciosa y feroz que no perdona, que no proporciona medios para salir de este cerco negro.

Y siguen muriendo. Ante el estado en que se encuentra esta muchacha italiana, al cabo de dieciséis años de dolor y muerte anunciada, no caben debates, ni diferencias ideológicas, ni recurrencias a divinidades implacables. Se recomienda encomendarse a los Dioses y a los santos tutelares, pero la niña agonizante sigue muriendo... Y la muerte ¡ay! pasa llorando con un millón de ratas grises...

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