CRÉMER CONTRA CRÉMER | VICTORIANO CRÉMER
Los chinos se imponen
NI MORISCOS, ni argelinos, ni tanzanios, ni croatas, ni nada ni nadie se impone con la fluidez, con la intensidad y con las características tan peculiares como los chinos.
Sean de donde fueren, tanto da que procedan de Shangai como de Pekin. El caso es o debe ser que sean chinos de verdad.
Hubo un tiempo en la biografía de la España múltiple y señorial, que solamente había chinos en determinadas Ciudades de la Península, como Barcelona, Madrid y Sevilla.
Se les conocía, lo mismo que en la actualidad, por su singular dibujo en el cual los ojos, la mirada y la sonrisa cerrada resultaban la característica que servía para caracterizar el peregrinante.
Y no como añadidura, sino como característica de su capacidad comercial e industrial, ya se podían seleccionar entre los extranjeros a los vendedores de collares justo a tres peletas . Los chinos de ahora como los de aquellas calendas eran gente muy lista y muy hábil para parecer lo que no eran ni a tiros. Los chinos son y eran figuras muy estrictas que no cambiaban ni con Mao Tse Tung y su Libro Rojo.
El enormísimo y copiosísimo país constaba con tantos habitantes que los gobernantes se veían obligados a seleccionar entre los nacientes a los pertenecientes al género masculino, para evitar la propagación de la especie.
Hoy, levantada la veda de los partos indiscriminados, los chinos invaden el mundo. Y hay chinos, dicho sea metafóricamente, para dar con un palo, aquí y en las islas filipinas.
De tal manera este proceso de chinización de la especie está invadiendo nuestro pequeño Reino Municipal y espeso, que la Policía Nacional se ha visto obligada a perseguir bandas muy bien montadas, dedicadas a introducir chinos para surtir la vida y milagros de los inmigrantes ilegales, sin papeles y además dedicados a la explotación de la mujer, del hombre y del niño.
Y yo no diría que todos los chinos que acaban por desembarcar en España sean chulos de mancebía y cultivadores del sexo, pero lo que se está demostrando es que no vienen a España solamente a vender artículos a cien peletas , sino también o sobre todo a la conversión de muchachas de mirada oblicua en carne de cañón para satisfacción de jilipuertas que ya no saben qué hacer con sus dinero ni con sus mañas...
Naturalmente los afanosos hijos del celeste imperio montan industrias gastronómicas en donde se distribuye naturalmente comida china, sino que procuran transformar sus centros de atracción y de labores en lugares de ocio y placer y en casas de acogida para chicas todo lo chinas que se pueda.
La acción invasora y laboral de la chinería es de tal naturaleza que no se paran en barras y son capaces de ocupar un territorio de Los Monegros por ejemplo, para abrir un fumadero. Y la Policía española, que en ocasiones es más lista que los chinos, descubrió que entre las solicitudes de permiso legal unos chinos peculiares habían pretendido que se les permitiera abrir un comercio hortofructícola en el pueblo de Recas, en la provincia de Toledo, en donde por cierto jamás se ha ejercido ninguna forma de actividad laboral.
Y es que como se les deje, los chinos acaban por vender collares a tres peletas en la Almudena, a dos pasos de Rouco Varela.
El peligro amarillo, que denunciara Spengler está ya dentro de casa. ¡Cerrad todas las puertas!