Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER | VICTORIANO CRÉMER

La guerra general ha comenzado

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VICTORIANO CRÉMER
León

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CONFIESO, para evitar equívocos, que con frecuencia me entrego a la lectura de publicaciones impresas en papel couché y a todo color.

Y no ya por curiosidad sino porque en sus estampaciones parece percibirse el latido de la guerra que se anuncia.

Estamos a la puerta del puesto de guardia y se apresuren los directores del Gran Cotallo electoral a cubrirle con las dalmáticas de los grandes acontecimientos nacionales.

En una de estas revistas multicolores, me detengo sorprendido y en cierto modo crítico y analizador.

Porque en grandes títulos y mediante la estampación de figuras actualizadas, aparecen personajes cuyos juicios no se ajustan a la realidad del personaje, por el cual, en mi independencia radical entreveo más que un análisis correcto, sereno y racional, una intención más bien tenebrosa.

Naturalmente me abstengo en declarar cual y quién es el personaje sometido al juicio de la prensa de lujo, pero no resulta obvio declarar que, dentro de la discrección profesional, estoy obligado a declarar que el personaje existe, y que los juicios que sobre él se están descargando son consecuencia de una actividad política de primera magnitud.

Ello, no obstante, no autoriza para que el periodista o el ciudadano de a pie se prive de la licencia democrática de analizar los pasos y milagros, si se produjeran, del tal señor nuestro.

En la portada de la publicación, fruto hoy de nuestra curiosidad, se expone en letras agresivas sobre fondo negro: Este hombre es un peligro.

Y ni señala más ni se necesita, porque en el enunciado estricto se refleja la intención de quien movió la mano para tirar la piedra.

Y es que el problema que oculta el titular es grave, muy grave, y atañe al vivir de la Ciudadanía. Y a su morir anunciado.

Conozco desde sus tiempos de iniciación, al personaje y a pesar de las reticencias derivadas de mi timidez no me permito en ningún momento intervenir en sus azares políticos, la proximidad física me permitió poder seleccionar datos, usos y costumbres que sirven para determinar el perfil del personaje.

Y estos datos que se acrecientan con el tiempo y sus fulguraciones políticas me inclinan a reclamar una libertad de expresión que se está regateando y situando entre los males y perversiones de la profesión.

Y no es eso, no es eso. Porque en trances como los que sirven para el titular de la publicación, «Época», que tal es su titular comercial, en tiempos de borrasca, se descubre que no es el periodista, o séase otro yo, el que peca, sino precisamente aquel que aprovechando la situación de privilegio conquista poderes y decisiones totales, es el que de verdad peca y extravaga.

La política da siempre ocasión y medida de seres ambiciosos que acaban en manipuladores forzosos. Y yo no diré, líbrenme los dioses, asegurar que el tal personaje pueda ser un peligro, pero por sus obras le conoceréis...

Don Guillermo el inglés, declaraba: «No basta levantar al débil, hay que sostenerlo después».

Y en esas precisamente estamos.

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