Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER | VICTORIANO CRÉMER

Lo que va de ayer a hoy

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VICTORIANO CRÉMER
León

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A VECES, y no de esperanza falto, que diría San Juan de la Cruz, en León se producían fenómenos que causaban estupor. Y no porque en León se dudara de que pudieran prodigarse los actos dignos de medallas y diplomas, sino porque la propia naturaleza de los leoneses imponían una cierta cautela a la hora de establecer valores. Pero la verdad es, fue, que allá por los años 30-40 en León funcionaban diez o doce galerías de Arte, y otros tanto locales de cinemografía daban cumplida satisfacción a quienes se sentían, en cierto modo, huérfanos de ayuda. Se editaban dos o tres periódicos y otras tantas revistas, desde aquella León órgano de la sociedad local, o Estudiantes , para la satisfacción de las ambiciones creadoras de la época.

Y no digamos que la prensa, por ejemplo, formada por tres periódicos de fuste y coraje no cumplieran adecuadamente su cometido. Que si uno era Católico el de enfrente mantenía la bandera roja de un socialismo intelectual y peleón. En resumen, la Ciudad de León se caracterizaba por su liberalidad y por su especificidad religiosa abierta a todos los vientos, incluyendo a los de la facción protestante con centros en calles céntricas.

Esta abundancia de medios y el contacto de los habitadores de la comunidad en sus visitas a una y a otra asociación cultural, hacían de León una Ciudad abierta y generosa.

¿Cuáles pudieron ser las causas que contribuyeron al desmantelamiento radical de tan prodigioso montaje cultural? Parece ser, según los estudios mejor caracterizados, que se debió al cansancio social. Llegó un momento en el que la población de poco más de cincuenta mil habitantes se sació de demostraciones de superioridad intelectual y fue rechazando poco a poco las demostraciones que se les ofrecían. Y aquellos, los caballeros que aparecían en el mapa como las figuras más radiantes, enfundaron sus versos y sus prosas y dedicaron sus afanes al comercio.

Por otra parte, los Organismos oficiales eran pocos y mal pagados y sus representantes no concebían que escribiendo versos o pintando en paredes de figones pudieran proyectar sobre la ciudad prestigio y beneficio. Y cuando se acudía al Ayuntamiento como el más indicado para proteger estas manifestaciones de cultura, los probos funcionarios espantaban a los pedigüeños al grito de que «el país no estaba para bollos», ni para versos. Y Monteserín, que era el pintor local por antonomasia andaba a salto de mata para mantenerse al pie de sus cuadros de historia, mientras la hija del Alcalde, se prestaba a convertirse en Reina de unos Juegos Florales en los cuales se otorgaban como premios objetos de labor, como un lapicero o un libro.

De vez en cuando, se celebraban «funciones» de teatro locales históricos y grupos de aficionados ponían en escena el Juan José de Dicenta o el Divino mpaciente de Pemán.

León venía a ser como una Atenas por sus ambiciones y por su espíritu de colaboración. hasta que en vista de que los estudiantes que no iban para veterinarios tenían que hacer Magisterio, decidieron buscarse la vida y la gloria lejos de la patria pequeña. León entonces merecía la pena vivirse.

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