Diario de León

TRIBUNA | JUAN MANUEL SANDÍN PÉREZ

Por si no lo sabías

Antonio, seguirás contando, y seguiremos contando contigo. Si alguna vez tengo hijos, prometo leerles tus cuentos. Y buscaré ilusionado y confuso a un tiempo algunosde tus libros

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ASÍ DE ESCUETO fue el mensaje que recibí esta mañana en mi correo electrónico, mandado por mi tío.

A continuación, venía el enlace a una página del Diario, que, ufanamente, relacioné con alguna noticia de Panero, ahora que ando en lides con la edición de una obra-homenaje a su memoria. No fue así. A medida que leía las palabras, sentí como el rumor de los pájaros del Arboreto se difuminaba hasta quedar sólo el eco del titular en mis oídos: la querida villa natal de Antonio Pereira despide hoy al genial escritor.

Por un momento, vino a mi memoria aquella noche veraniega del año 2001 en el Velasco de Astorga, cuando nos vimos por primera y única vez. Se rendía un homenaje al «Filandón» de Martín Sarmiento, y tú, don Antonio (permíteme que te tutee, pues eras hombre cercano), estabas allí, junto a Julio, Luis Mateo, Jose María y Pedro. A la salida del cine, sin pensármelo dos veces, me dirigí a ti, pues te me antojaste el más cercano de los cinco, para pedirte un autógrafo. -"¡Pues claro!, me dijiste, con tus grandes gafas de pasta oscuras, tras las que se escondían unos ojos vivos y brillantes.

Aún recuerdo la dedicatoria, que firmaste junto a ese decálogo en el que compartías con nosotros tus «diez claves para ser un buen contador de historias»: A Juan Manuel, con un afectuoso abrazo, de su amigo Antonio Pereira. Y no sólo eso. Al contarte que yo también vivía en Madrid, te faltó tiempo para anotarme tu dirección en un recibo de cajero automático que apareció en mi bolsillo, invitándome a llamarte si alguna vez tenía un ratín en la capital.

Pasó el tiempo, ese que ahora se paraba mientras leía el resto de la noticia. Y precisamente hace unos días, buscando en un sobre gastado dí por fín con el número que buscaba. Junto a tu dirección y tu teléfono estaba escrito: el amigo Pereira. Te llamé. Quería hacerte participe de ese homenaje al poeta astorgano de cuyo nacimiento se cumple este año la centuria. Hablamos unos minutos. La conversación terminó de la misma forma que aquella dedicatoria escrita, con un abrazo. Y nada más hablar contigo, con una amplia sonrisa dibujada en mi rostro, le comenté al amigo que estaba a mi lado: -"Uno más. Pero este es especial. Es Antonio Pereira, uno de los escritores que más queremos en León. Un creador y narrador de cuentos de los que ya no quedan. De los que ya no quedan-¦

Esta tarde he vuelto a ver «El Filandón». A escucharte contar la historia de Las peras de Dios tapado por esa manta junto al fuego traicionero que deja la espalda a merced del frío del Catoute, junto a la chimenea de la ermita de Santiago. ¡Cuántas veces no habré visto y escuchado esos cuentos en estos años! ¡Cuántas no te habré leído, lejos «de casa», para sentirme vivo en tus historias!

Y mientras tu acento berciano y tu toque de humor de paisano bonachón, salían de televisor, por un momento olvidé que ya no estás aquí abajo, entre nosotros, para leernos cuentos, relatos. Para declamarnos poesías, firmarnos tus obras, conversar en tertulias y en cualquier plaza, verte pasear-¦

Supiste dar la importancia que merece al relato oral. Ese que se nos va de las manos sin que nos demos cuenta con cada abuelín y abuelina que se marchan a ese cielo de los buenos, donde estarás ahora tú contándole el cuento de tu vida a cualquier santo. Despertaste en muchos de nosotros ese talento escondido, ese espíritu de narrador de historias que duerme en el corazón de cada leonés, de cada ser humano. Tu mirada, que a buen seguro contempló tantos filorios en tu Villafranca natal al amor de la lumbre, parece que se ha apagado del todo.

Pero no es así, Pereira. No es así. A tu luz nos seguiremos reuniendo quienes creemos que la muerte no apaga el fuego de los genios con humanidad, como tú. La llama de la tradición oral. Seguirás contando, y seguiremos contando contigo, te lo aseguro. Si alguna vez tengo hijos, prometo leerles tus cuentos para adultos. Como ahora, buscaré ilusionado y confuso a un tiempo algunos de tus libros, en la librería de la esquina.

Porque tus historias seguirán flotando en el crepitar de los magostos otoñales, en las tardes fragantes de la primavera de Madrid, en el frescor de los sotos veraniegos de tu Bierzo, y entre los copos del invierno de esta tierra que hoy te extraña. Seguirán aquí, como tu memoria, para que no dejemos de ver el mundo con los ojos de niño que a ti se te cerraron. Descansa en Paz, Antonio, tu corazón sigue latiendo en el nuestro. Un afectuoso abrazo y hasta siempre.

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