Diario de León

tribuna | enrique cimas

El «pañuelo» de Dios

Publicado por
León

Creado:

Actualizado:

HACE UNOS DÍAS cumplió 82 años. Gracias a Dios tiene una bastante buena salud que le permite viajar, presidir, orar, mediar, orientar, caminar, dialogar y sonreír. Se llama Benedicto y es el sucesor de Pedro. Y además tiene la buena costumbre de no dar puntada sin hilo… a favor de su Gran Patrón («gure Patron aundiyá», que dicen los vascos), Patrón suyo y de todo aquel que ame y siga a Cristo. Ojalá el Papa Benedicto se haya repuesto de las recientes tarascadas que alguien ha querido infligirle, tales como los asuntos relacionados con las enfermedades de transmisión sexual, y sus prevenciones; o las remisiones de excomunión a obispos lefebvrianos. O de los disgustos que desde cualquier punto del planeta le producen (incluida España) los maquinadores de insidias y zalagardas, engendradas en una logia, o en conciliábulo político, para propagarlas con «megafonía» parlamentaria… El caso es que Su Santidad se ha pegado por Oriente Medio un lote de muchísimo cuidado. Los interlocutores no han tenido otro remedio que rendirse a la evidencia de unas dotes diplomáticas, y de relaciones humanas como las del Santo Padre. En una sola fecha, fíjense la movilidad —la movida diría un castizo— del Vicario de Cristo. Un día cualquiera, por ejemplo el martes 12. Visitó la mezquita de La Roca, en Jerusalén, lo que implicó un profundo diálogo religioso —además de otras consideraciones temporales— con el Gran Mufti de los mahometanos. E inmediatamente después, con los rabinos de la Torá, en el Muro de las Lamentaciones, con quienes mantuvo una nueva reflexión teológica, y más análisis respecto de la situación en la zona. Pero, especialmente, es considerable la convergencia trascendental de «todo aquello» que les rodeaba…, hablando sobre Dios, el Único; el del Sinaí… El esfuerzo al que el Papa se vio sometido debió ser sobrehumano. Y ello, a pesar de que la meseta de las dos mezquitas, el Muro de las Lamentaciones y el Cenáculo —en donde concluyó su recorrido el sucesor de San Pedro— están situados en un pañuelo geográfico. Trasponer los límites físicos de aquel «pañuelo», y extrapolar su significación teológica, debió suponer una experiencia imborrable, en sus vertientes moral, sobrenatural y política. Y que sólo por una mente y un corazón, como los de Benedicto XVI, pueden ser jerarquizados intelectual y espiritualmente. Ahí quedan —para todo aquél que los quiera leer— los resúmenes (muy bien servidos por los medios) de un viaje memorable. Para hablar de Dios, de amor y de paz. En la Tierra de Jesús, en donde, por desgracia, suenan los cañonazos un día sí, y otro también.

tracking