Diario de León
Publicado por
VICTORIANO CRÉMER
León

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Crémer contra Crémer

Acabamos de darle tierra para los restos: Ha muerto aburrido y un tanto y un cuanto cabreado por la indiferencia con que la sociedad a la cual creía pertenecer, le había hecho caso omiso, según término acuñado en la tarbernilla del Pascual, que era un albañil retirado con toda la paga.

Cuando nos informaron del fin del amigo Sebastián no pudimos evitar el recuerdo de sus últimos y dramáticos años: Fue uno de los nuestros más silenciosos de cuantos acabaron sus vidas en una especie de chabola metida entre escombreras. Se había quedado sin trabajo, al cabo de más de cuarenta años de trabajos forzados, y de jornales de hambre.

Porque al parecer la norma para la política de laboralista activo, solía estar mal pagada, no por la desigualdad, la indiferencia o la usura del patrono, que no todos eran iguales, sino porque la situación, la precariedad en materia de trabajo se había impuesto y el calendario de personal activo se había limitado hasta el último día.

No había trabajo para todos, ni por lo tanto esperanzas de que se pudiera alcanzar un puesto a la lumbre sin tener que echarse al monte, como José María el Tempranillo. Se trataba simplemente de que los técnicos en política democrática se habían olvidado de los principios y no quedaban huecos si no eran para navegantes en patera o fugitivos europeos huyendo de la «Camorra» italiana.

El Sebastián no es que fuera un arquitecto angélico sino lisa y llanamente nadie le aceptaba, ni siquiera reconociendo como todo el mundo reconocía, de que será, sin duda, el profesional del ladrillo más hábil, más seguro y más consciente de cuantos andaban de andamio.

Como era un obrero conocido y honrado, llamaba a todas las puertas como un mendigo:

«¡Don Fulano, que es que me he quedado sin trabajo, y pensaba que usted no dejaría de echarme una mano».

Y el patrono le contemplaba fingiendo una lástima de lagrimeo y le contestaba:

«Coña, qué pena de situación la tuya. Yo bien quisiera ayudarte pero es que tú resultas un obrero caro y todos andamos de ahorros caiga quien caiga!»...

«¡Pues usted perdone, don como se llame, que ya ni quiero acordarme!»

Y el Sebastián bajaba la cabeza y seguía su camino, sin prisa y sin pausa, sí, pero sin trabajo... Acudía al Centro de acogida, con el hijo pequeño para suscitar siquiera pena andaluza, y le rechaban por el niño. «¿Y qué quieren ustedes, -”decía irritado el sin trabajo-”, que me le coma»?.

Y seguía limosneando, hasta que se murió.

Y eso sí, acabó con el diploma oficial de haber sido reconocido siempre como el obrero mejor preparado, pero caro.

«Es que con lo que usted pide por su trabajo, tengo yo para pagar a cuatro».

«Pues busque usted sus cuatro obreros baratos que en mi hambre mando yo»...

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