La última elección
El baile del ahorcado | CRISTINA FANJUL
Me decía el escritor leonés Nacho Abad que la única libertad cierta con la que contamos es la elección entre vivir y morir. La muerte se ha convertido en un tabú tan intenso que nos esforzamos en obviar el terror que nos provoca a través de la careta del cinismo. Y, sin embargo, trivializar la tragedia no la hace más liviana. Al contrario. La mueca de las máscaras griegas esconde más amargura que las advertencias de Casandra. A estas horas aún se discute acerca de si el final de David Carradine fue consecuencia de un suicidio o el resultado de un juego sexual que enlazó el eros y el thanatos de manera magistral. Hay un poema de Chesterton en el que el escritor busca razones para no suicidarse. «Hoy no me suicidaré», repite al final de cada estrofa el autor de El hombre que fue jueves . Todos buscamos motivos para aferrarnos a la vida y a veces parece que el miedo cerval que nos provoca la muerte se convierte en uno de los motivos que con más persistencia nos empuja hacia el suicidio. La certeza nos hace irracionales.
En este regreso vulgar al romanticismo que vivimos, se reflexiona acerca de la última elección de una manera tan simple que abochorna, y lo digo tanto por los hunos como por los visigodos. Igual de absurdo resulta ligar sólo la vida a Dios como a una joie de vivre cobarde; igual de elemental es trivializar la muerte como sublimar la vida a la Cruz. El sufrimiento no es ni una obligación ni una razón, pero esta dicotomía entre elementales termina en una espiral en la que el pensamiento está cada vez más aislado y la vida y la muerte se convierten en términos futiles. Puede que sea la resaca de un siglo demasiado terrible, pero banalizar la vida cuando la mayoría lucha por sobreponerse al horror es como asesinar a toda la humanidad. Ante tanta ramplonería, los habitantes de las pateras que siguen llegando son un ejemplo de dignidad intelectual.