Florentinato
En blanco | javier tomé
Cualquier persona que no haya estado durante los últimos meses en otro planeta sabe que, ¡voto a bríos!, los que respiramos madridismo en estado puro hemos transitado un penoso calvario. El ideario blaugrana triunfante apenas nos ha dejado la opción de encomendarnos al Santo Cristo del Capitulillo, venerado patrón que se ha mostrado incapaz de conjurar la suerte de maldición gitana que afecta al club más laureado de la historia.
No han contribuido a aumentar la leyenda blanca los últimos presidentes que nos tocaron en suerte, dos colgaos y un fumao que dejaron en harapos la credibilidad del club. No hay más que recordar las taimadas artimañazas y otros petardeos varios que caracterizaron el período de mandato de Ramón Calderón, todo un golpe de estado a la razón y la cordura.
Y en esas estábamos, con un porvenir más negro que el de un limpiador de orejas, cuando Florentino Pérez ha retomado las riendas del negocio, bajo la promesa de construir un equipo que haga del arte su mejor cuenta de resultados, olvidando para siempre aquel fútbol de sacamuelas que por trayectoria y tradición es ajeno al Real Madrid. Florentino es un maestro en las artes de la seducción y una política de suaves formas, además de andar sobrado de tablas en los entresijos de este juego que, al día de hoy, es la gran religión mundial.
El capital de esperanza que trae consigo el Florentinato ha tomado forma en el fichaje de Kaká, pelotero llamado a sostener el andamiaje de un equipo que, ya antes de formarse, tiene a sus eternos rivales a dieta de pescado blanco y purecitos. Dicen que el dinero hace el gusto, y el futbolista brasileño es un certificado de credibilidad al que se sumarán otros cracks destinados a labrarse un hueco en el podio de los eternos.