Diario de León
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Tribuna | José Luis Gavilanes Laso

Escritor

Se acercan las fiestas de San Juan y San Pedro y con ellas, León, la fiesta nacional por excelencia: las corridas de toros. En esto del espectáculo taurino el país se bifurca entre afectos y desafectos. Para unos: «Hay que pasar de defender la fiesta como algo que no es del todo malo y pasar a ensalzarla como un bien sí mismo, un bien cultural y artístico, un bien moral y estético»; para otros, en cambio: «La fiesta no pasa de ser un escándalo sanguinolento de conducta incivilizada y antifranciscana contra nuestros hermanos naturales de las astas y el mugido».

Es cierto que el toro vertebra España e incluso configura su perfil, traspasa la frontera pirenaica y se abraza a Francia y Portugal, cruza el Atlántico y enlaza con Iberoamérica. Apenas se concibe población grande o pequeña sin el sacrificio de cornúpetas en honor a su santo patrón o patrona, como un rito sagrado y ancestral: Valencia en Fallas, Sevilla e abril, Pamplona por San Fermín... y, por supuesto, Madrid en mayo. Con motivo de festejar a San Isidro, la plaza de las Ventas madrileña suma, en un mes, treinta tardes con sus 24.000 localidades repletas «hasta la bandera». A esta liturgia regulada, que mueve millones de euros y comentarios, hay que añadir otros espectáculos taurinos, verdaderamente arbitrarios y repugnantes, como lancear a las bestias, enmaromarlas o hacer antorchas de sus astas.

Mi sustancia celtibérica no debe de ser muy genuina, pues no siento ningún entusiasmo por las corridas de toros. Siendo niño, me llevaron a una charlotada en la plaza de toros de Salamanca. Tuvieron que sacarme de allí a las primeras de cambio preso de una gran congoja. Al cabo de la lidia del primer novillo, realizada por enanos toreros, nunca se me ha borrado la imagen, junto a mi tendido, del tierno eral atravesado de arriba abajo por una espada, al tiempo que le salía la sangre a borbotones por la boca. De chico, cuando iba en los veranos a la aldea zamorana de Villamor de los Escuderos, a lo único que se podía jugar con los muchachos de mi edad era, precisamente, a los toros.

No sabían de otros divertimentos: ni canicas, peonza, fútbol, «a la una anda la mula»...; nada, sólo se jugaba a los toros. Uno hacía de toro, con cuernos de verdad que se ponía sobre la frente para embestir, mientras los demás corrían, se subían por el enrejado de las ventanas, o le sorteaban con sacos o costales, montados sobre ramas de chopo que hacían de caballos. La fiesta del toro ha estado siempre tan arraigada en ese pueblo, que por querer acabar con el tradicional encierro, capeas y talanqueras por San Roque, un alcalde innovador, deseoso de desviar el peculio público a otros menesteres, hubo de buscar protección de la Guardia Civil para no acabar sus días linchado por los quintos de aquel año. Con los toros ya dentro de la plaza, el escarnio era total. A golpe de piedra se les hacía entrar a los toriles. Y a la hora de la lidia vespertina, obra de «guindillas» o desarrapados mozalbetes aspirantes a Manolete, Joselito o Belmonte, rara era la res que no pateaba renqueante o bizca su miseria sobre un sembrado de cantos rodados. Recuerdo, también, que de mozo fui a Haro a presenciar una novillada. Los veinte duros por una localidad de tendido de sombra, en una tarde sin sol con amenaza de tormenta, han sido el desembolso más estúpido de mi vida. El espectáculo se fue degradando hasta espantosa carnicería. Los novilleros no eran capaces de acabar con las pobres reses, a las que pinchaban y mortificaban con el estoque y el descabello por todas las partes de su cuerpo menos por aquella que les hubiera ahorrado el suplicio de morir.

No obstante, reconozco en la fiesta nacional la demostración de ciertas virtudes, como la valentía y el coraje, además de su plasticidad colorista y musical. Incluso podía decirse que la corrida de toros es el menos bárbaro y el más artístico de todos los espectáculos cruentos. Diría que la tauromaquia es un pintoresco museo con unos pocos cuadros primorosos y muchos detestables. Para Menéndez y Pelayo, por ejemplo, la tauromaquia era una terrible y colosal pantomima de feroz y trágica belleza, en la cual se dan reunidos y perfeccionados los elementos estéticos de la equitación y de la esgrima, así como la ópera produce juntos los efectos de la música y de la poesía. María Amalia de Sajonia, cuando vio por primera vez una corrida, no le pareció barbaridad, como le habían informado y reconocía su propio marido Carlos III, tan enemigo de la fiesta taurina como amante de las fuentes públicas, sino «diversión donde brilla el valor y la destreza». El insigne Jovellanos se declaró enemigo acérrimo de la fiesta nacional; mientras Antonio Cánovas del Castillo, por contra, fue de los más asiduos abonados al palco taurino. En prosistas y poetas como Cervantes, Lope de Vega, Argensola, Quevedo, Moratín, Duque de Rivas, Zorrilla, etcétera, se encuentran muchas alabanzas al «espectáculo de indiscutible hermosura». Goya y Picaso no podían faltar a la cita. También aquí funciona el mito y realidad de las dos Españas.

Como la Guerra Civil, seguro que es la tauromaquia la que más tinta ha hecho gastar, tanto para ensalzarla como para deprimirla. Apenas hay libro, folleto, película o periódico extranjero que trate de España, ni obra española de historia, poesía, costumbres, viajes, etcétera que, más o menos, no diga algo de los toros; ni lenguaje que no emplee expresiones correspondientes al rico lenguaje taurino. Sea cual fuere el porvenir reservado a la fiesta nacional, aun suponiendo que suenen algún día los clarines de su desaparición, ¿que a todo le llega su San Martín?, siempre quedará del sangriento y plástico espectáculo un preciado recuerdo histórico y una huella profunda e indeleble en el idioma. Entonces, los españoles no sé si seremos mejores o peores, seremos otros.

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