El legado (4)
¿Estamos en el año del fin del mundo?
No disponemos de los datos científicos indispensables para poder responder: Ciertamente el final de los mundos se ha venido fijando, más o menos, casi desde la aparición de Adán en el paraíso. Fue desde aquel momento desde el cual la inestabilidad de la vida en solitario tomó carácter de castigo. Y como para confirmarlo, llegó el ángel y dejó caer la manzana de la discordia. Ya no hubo ni un día de sosiego en el Jardín de las Delicias. Y transcurrieron años y siglos sin enterarnos de las sinrazones por las cuales se les negaban a los primeros pobladores del planeta el derecho a vivir en paz y en gracia. Así hasta los días de la proclamación de la gran señal del fin del mundo. Las señales que los evangelistas recogieron en su huida fueron decisivas: Los cielos se encapotaron, tembló la tierra, se desbordaron los mares y los hombres inquietos declararon la guerra a sus vecinos. Estábamos sufriendo los primeros embates de la gran catástrofe: el fin del mundo se estaba anunciando mediante señales trágicas. Lo que sucedió después de aquellos primeros signos de castigo, fue algo de lo que en esta Era del nueve, se repite, como si se entendiera que el mundo no se había arrepentido de nada de cuanto venía sucediendo y disponía ya de los instrumentos de la muerte general: o sea, del fin del mundo... Se declaró la crisis económica general y las hambres comenzaron a imponer su signo en la vida general de los supervivientes. Los pueblos belicosos ensayaban misiles de larguísimo alcance amenazando el aniquilamiento de los rivales. Las guerras encendidas para el dominio de extensos campos, seguía funcionando desterrando consecuentemente a millones de seres humanos que habían sido despojados del territorio que les correspondía.
Los grupos más poderosos, se reunían en un cónclave terminal y como para ocultar su magnicidio y en general el suicidio total del mundo, proclamaban propósitos de enmendar sus técnicas sacrílegas, inventando sistemas que no tenían por objeto sino el encadenamiento de la voluntad universal, hasta que no quedaran en pie sino los G-1 o los G-2. Se pronunciaron discursos de copiosa verborrea y de nulo contenido solidario. Y fueron o vamos muriendo despacio ante la indiferencia de los astros y la convulsión de la Tierra. En la Italia de los césares, se produjo la gigantesca convulsión que anunciaba el fin del mundo: Un pueblecito de Los Abruzos, la Ciudad de L´Aquila, fue empujada desde los infiernos hacia arriba y el terremoto se cobró 150 muertos y más de mil quinientos heridos. Las sagradas piedras fueron derribadas y sepultadas. Y los poblados escondidos entre selvas y cuevas inaccesibles rasgaron sus vestidos y se lanzaron sobre los escombros en un acto de autoinmolación. Los grandes capitanes araña disponían los medios para seguir dominando. Las mujeres del miedo se sacrificaban lanzándose desde los acantilados a la mar.El mundo, al cabo de un tiempo previsto quedó convertido en un inmenso lago. Carlos Edmundo escribió la esquela: Dios firme la paz sobre nuestras cabezas... Así será el final de la interpretación de la gran farsa del fin del mundo.
Nota: Fallecido el pasado día 27 de junio a los 102 años de edad, Victoriano Crémer había adelantado, según su costumbre, una serie de artículos que el Diario de León, interpretando que cumple la voluntad del autor, publica bajo el epígrafe El legado y la referencia numérica de cada uno de ellos.