Obama y nosotros
El legado (5)
La reunión se celebraba en Normandía, que es tierra consagrada por el sufrimiento de la guerra. Y en ella se enfrentaban en el sentido más civilizado dos figuras muy representativas: Los presidentes de los Estados Unidos y el de la República francesa. Y justamente lo contrario de lo que suele acontecer cuando se plantea el ejercicio civil de comunicarse para algo y por algo que no acabamos de entender el galimatías conversacional de cada uno de los protagonistas, cada uno sometido a su peculiar estilo y a su contenido social, cultural y partidista. En el caso de estos dos auténticos representantes del cuerpo universal y su real y verdadero estado y futuro, pues digo, quiero decir, que en el caso de estos dos personajes con auténtica representación, por encima de cualquier ejercicio de gesticulación, han hablado, están hablando de problemas que nos afectan verdaderamente a todos y a los cuales conviene prestar toda la atención racional que se debe prestar a la biografía real del mundo alterado que nos está tocando vivir. Hablan los dos protagonistas de la paz, de la guerra, del conocimiento y del compromiso civil de los unos para con los otros, de la justicia en llamas y de las turbias costumbres impuestas por la persistencia de políticas ajenas a la condición y a la conciencia de los pueblos. Y sometían los problemas a un análisis serio y sereno. Ni el presidente americano se enardecía en ningún momento, ni siquiera cuando tocaba teclas que no emitían el sonido deseado con palabras claras, sin anfibiologías tortuosas, sin alardes gestuales. Y el diálogo fluía limpio. Se puede estar de acuerdo por muchas razones y alguna sinrazón con el plan político del señor Obama y al mismo tiempo se puede discrepar sin intentar someter al interlocutor a un Guantánamo feroz. Cuando el oyente libre de culpas sigue el discurso de ambos presidentes se advierte que existe otra manera de ser y de proceder y que para tener razón ni hace falta gritar ni sugerir que el rival carece de lealtad. Los españoles, por muchas y muy viejas tradiciones formamos parte de un grupo político que no acaba de entender, pro ejemplo, que el contradictor puede tener razón y que lo importante y democrático no es derribarle ni dominarle, sino convencerle. El presidente, señor Sarkozy, sin ceder en lo fundamental aceptaba el estilo de su contrincante y con una sonrisa levemente dibujada, dejaba entrever su esperanza de que todo o parte muy importante de lo que se exponía debiera formar parte de la gramática política de todo ciudadano, fuera cual fuera su doctrina, su color y su especial manera de matar leones. Lo que no se puede admitir es el improperio, la mentira o la zancadilla alevosa. Yo, personalmente, no creo en el señor Obama, no por otra razón que por la tradición histórica de los asaltos que América ha hecho durante toda su historia, para que así, de pronto y sin pruebas evidentes vayamos a ponernos de rodillas al pie de los altares para adorar al santo moreno del cual esperamos la salvación, sin querer aceptar que los Estados Unidos nunca dan puntada sin hilo...
Nota: Fallecido el pasado día 27 de junio a los 102 años de edad, Victoriano Crémer había adelantado, según su costumbre, una serie de artículos que el Diario de León, interpretando que cumple la voluntad del autor, publica bajo el epígrafe El legado y la referencia numérica de cada uno de ellos.