Diario de León
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Al trasluz | eduardo aguirre

Se cumplieron ayer cuarenta años del despegue del Apolo 11 hacia la Luna. Vale. Quien esto escribe tenía once y, según mi madre, yo ya la había alunizado primero, pues vivía prácticamente allí. En los cines de barrio ponían dos películas. «Un pequeño paso para el hombre y un gigantesco salto para la humanidad», se dijo. Curiosamente, lo mismo que años después exclamé la primera vez que vi a quien habría de ser mi mujer. Pequeños pasitos o grandes zancadas aparte, quien más y quien menos vive en un cráter oscuro hasta que es iluminado por el amor. Alucinante y alunizaje deben de venir de la misma raíz, y si no, craso error por su parte, ellas se lo pierden. La semana que viene se conmemora la llegada. Leeremos amplios reportajes encuesta sobre dónde estaba usted el día en que la nave se posó allí arriba, pero lo importante no es dónde y qué hacía uno sino cómo eras y en qué te has convertido a lo largo de este viaje de décadas, pues vivir es esquivar agujeros negros, aferrarse a estrellas, estrellarse, pedir deseos a cometas y que te los concedan (o no), creer que Plutón es planeta y luego que te lo degraden a planetín, deambular con los bolsillos llenos de ese plomo que sólo la alquimia del corazón convertirá en oro. Importa poco saber dónde estabas entonces y qué hacías, pues eras ya quien hoy eres y, luego, cuando el amor llegó a rescatarte de ti mismo, fue cuando te convertiste en tu versión mejorada. Hace cuarenta años, estaba pasando el verano en un pequeño pueblo de las afueras de Madrid, con unos tíos. Las madres siempre tienen razón: era un niño en la Luna. Hasta que un día, mucho después, de repente, llegó la versión leonesa de aquel Apolo a rescatarme de mi cráter. «Doctor Livingstone, I suppose» . Gracias, Señor, por la carrera espacial.

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