Diario de León
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antonio papell
León

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Panorama

Los sucesivos mensajes que lanza ETA, políticamente irrelevantes pero útiles para conocer su posición y la medida de su delirio, acreditan que la organización terrorista ha desistido hace tiempo de doblegar al Estado y apenas aspira a imponer sus exigencias mediante la negociación. Para tal fin, necesita demostrar su potencia de fuego, su capacidad de atentar. Y de ahí que procure desesperadamente hacer acto de presencia, después de haberse visto reducida a su mínima expresión a consecuencia de la cada vez mayor presión policial en España y en Francia, unida al aislamiento internacional más absoluto.

En la hora presente, la esperanza de ETA resulta vana, ya que el Gobierno y el principal partido de la oposición mantienen inflexiblemente un pacto de hierro contra el terrorismo, convencidas ambas formaciones de que, después de tres intentos fallidos, no se les debe dar a los etarras ninguna otra oportunidad. La postura de las dos grandes formaciones es sólida y creíble, pero los etarras saben, como todos los demás ciudadanos, que la palabra de los políticos es siempre volátil, por lo que, pese a las negativas enfáticas de Rubalcaba, será difícil hacer desistir a los independentistas violentos de su esperanza. A menos, claro está, que PP y PSOE cultiven activamente esta alianza, que actualmente no sólo alcanza el plano de la lucha antiterrorista sino también la gobernación del País Vasco. En principio, el pacto antiterrorista y el pacto de gobernabilidad son asuntos distintos y distantes, como diría el malogrado Calvo-Sotelo; sin embargo, no hay que hacer un gran esfuerzo para entender que ambos responden a una sola reacción a la deriva de Euskadi en esta pasada década, durante la cual el declive de ETA se correspondía con una escalada soberanista a cargo del PNV, que pactó con los radicales en Lizarra y que por dos veces intentó sin éxito sacar adelante la aventura excluyente de la mitad de los vascos.

Tras la alternancia, el PNV, siempre acomodaticio, se ha desprendido de Ibarretxe y, apoyándose en la afición de la sociedad vasca a los gobiernos transversales, ha empezado introducir cuñas en la alianza PSE-PP con el ánimo de regresar al poder de la mano de los socialistas. Si lo lograra, se interrumpiría un designio que no sólo representa un cambio de manos del poder sino también y sobre todo una normalización democrática de Euskadi, tendente a aproximar los dos hemisferios políticos -el nacionalista y el no nacionalista-, a eliminar cualquier rastro de clientelismo, a infundir pluralidad en las instituciones y a eliminar de la vida pública cualquier atisbo de comprensión hacia los violentos, poniendo asimismo a la Ertzaintza a trabajar en la erradicación del terrorismo en todos sus grados.

Hoy por hoy, la unidad antiterrorista y la convergencia de intereses en Euskadi son el haz y el envés de la misma política de Estado, que los dos grandes partidos han construido en la madurez del régimen con la finalidad primordial de terminar con este dramático anacronismo que es ETA, que no sólo asesina a españoles sino que enturbia nuestra imagen de modernidad en el espejo de la globalización. En consecuencia, lo deseable es que mientras Patxi López gestiona la legislatura vasca bajo la tutela inteligente de Basagoiti, se acentúe la presión policial contra ETA, poniendo en este empeño los recursos que sean pertinentes.

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